Publicado el 1 comentario

Sede de la Fundación Mexicayotl (fragmento)

“El fin último del guerrero no es morir por su patria, quien crea esto se equivoca. El fin último del guerrero es VIVIR por su patria, para hacerla fuerte y prospera. Los vivos inician proyectos, emprenden obras, luchan y se esfuerzan, los muertos solo descansan…”

Extracto de: “El Manual del Guerrero edición especial extendida” por el Tecuhtli Tízoc Acamapichtli.

Luis guío a Cintia por la gran columnata principal de la Fundación; era un conjunto magnífico de cuatro filas con cuarenta enormes columnas de mármol blanco de diez metros de altura cada una y decoradas por magníficos bajorrelieves alternados de águilas y jaguares en poses combativas, sus bases tenían serpientes de cascabel entrelazadas y su capiteles estaban decorados con hermosos colibríes con las alas abiertas y alegorías vegetales; entre las columnas había bancas y fuentes donde la gente se reunía a descansar y a disfrutar del calor del medio día, tratando de no pensar en el frío vespertino.

La columnata conducía al pórtico del gran edificio blanco que ocupaba el corazón mismo de la Fundación. Era una magnifica construcción edificada enteramente en el más puro y blanco mármol. Desde afuera su brillo hería la vista reflejando los rayos del sol desde muy lejos, por dentro sus proporciones y forma hacían pensar en la catedral de Hagia Sofía de Constantinopla. Se le conocía como el Quauhcalli y era un sitio sobrecogedor. Construido para ser el edificio sagrado de la Fundación era el lugar donde los guerreros caídos podían ser recordados por la eternidad y por ello estaba envuelto en un aura de feroz misticismo. Su planta principal era semicircular, con enormes muros y una cúpula central suspendida a más de sesenta metros de altura, formaba un conjunto espectacular con una plazuela aledaña de arcos de estilo mudéjar que rodeaba un primoroso jardín, en cuyo centro se erguía un inmenso mástil con una gigantesca bandera de México que ondeaba agitada por el viento.

Al aproximarse desde la columnata Cintia tuvo la sensación al mismo tiempo excitante y espeluznante de pisar suelo sagrado. La entrada estaba resguardada por dos enormes jaguares de bronce tan perfectos que parecían reales, sentados en bases de mármol adornadas con el emblema del águila sobre el nopal. Tenía un hermoso arco románico y sobre su dintel una inscripción en náhuatl de letras latinas doradas que Cintia recordó haber visto antes.

En el interior se abría una enorme planta circular con dos pequeñas capillas a los lados; la vista inmediatamente era obsequiada por la majestuosidad de su interior, adornado con un bello equilibrio entre motivos aztecas e hispanos de yesería y madera. Sus enormes paredes estaban llenas de nichos, la mayoría de ellos vacíos, destinados a contener los corazones de los valientes guerreros caídos en combate por la gloría del Anáhuac y rematadas con los emblemas de cada una de las Casas miembros de la Fundación. Sobre el piso doce espectaculares esculturas en mármol de tres metros de alto representaban a cada uno de los Tlatoani de la Dinastía de Tenochtitlan. La enorme cúpula central, tenía un grandioso domo que parecía flotar sobre el suelo, compuesto por amplios ventanales con vitrales decorados por alusiones místicas de águilas, colibríes y serpientes emplumadas y que, en conjunto, proyectaban la luz del sol hacía el interior, formando un área central intensamente luminosa que producía un espectacular efecto que hacía pensar en la luz divina; tal juego de luz celestial, rodeada de sombra, resaltaba el carácter sacro de la construcción. Justo bajo la cúpula, en el foco de atención, se encontraba una gigantesca planta de nopal sagrado, apoyada sobre un promontorio en medio de un sencillo lago artificial de escasa profundidad con peces y pequeños juncos. Se erguía majestuosa y regia como imponiendo a la vista su matiz primordial y sacro. Iluminada permanentemente por la luz del sol se mostraba como una visión celestial con fuertes implicaciones patrióticas, con sus perfectas tunas verdes rematadas por hermosas forerillas de un rojo intenso. A su alrededor había un semicírculo de hermosas bancas de madera de roble dispuestas para que los visitantes pudieran sentarse a mirar los nichos o contemplar el majestuoso nopal.

Luis tomó la mano de Cintia para acercarse juntos a una banca, sus pasos creaban ecos, resonando en el gran edificio en silencio. La hizo sentarse junto a él mirando hacia una de las paredes coronada por el blasón de la Casa Álvarez Atzacoalco adornado por un moño negro de luto. La sensación de paz y tranquilidad que reinaba en el lugar era tan extraña como reconfortante. Los nichos ocupados por un centenar de corazones, apenas representaban una pequeña fracción del total.

–Este es el Quauhcalli, dijo Luis, con una voz marcada por el respeto a la santidad del lugar –es aquí donde descansan los corazones de los valientes guerreros perdidos en combate– Luis hizo una pausa para reforzar el profundo sentido de sus palabras, volviéndose luego hacia el nopal–. Y este es el Nopal sagrado que representa a México Tenochtitlan, nunca ha sido tocado por ninguna herramienta de hierro y crece libremente hacia el sol; representando al Mexicayotl, el Imperio soñado por nuestros ancestros y que está simbólicamente resguardado por los espíritus de todos los valientes mexicanos que le dedicaron sus vidas.

Cintia se levantó, recorrió con la vista el lugar, maravillada por su belleza; con respeto y fascinación se acercó al muro, mirando los nichos y las inscripciones labradas en ellos, estaban hechas en caracteres occidentales por supuesto, pero no podía comprender su significado. Evidentemente estaban en lengua náhuatl. Miró los otros muros, los pequeños nichos que los ocupaban parecían no tener fin. Luis la miró fascinado a su vez por su fascinación, la amaba tanto.

–Los corazones de los guerreros caídos –repitió Cintia en un susurro, tratando de captar la magnitud del significado de esa afirmación– ¿Cuántos son en total?

Luis bañado por la luz que se filtraba del techo parecía adquirir una apariencia fantasmal. Sentado en la banca, con su piel y sus ropas resplandeciendo como iluminadas por la luz celestial.

–Veinticuatro hasta ahora –dijo Luis– desde que se fundó la organización. Hay espacio para cuarenta mil en total. Nuestra Familia tiene el honor de haber contribuido con cuatro. Aquí descansa el corazón de mi abuelo, más abajo el de mi padre y a un lado el de mi hermano Sean Miztli y más allá el de un primo de mi padre llamado Pablo –dijo Luis señalando con la mano los nichos en la pared frente a ellos.

Su voz más que triste era orgullosa. Cintia se sintió sorprendida y emocionada a la vez por tal revelación. Se alejó un poco para ver mejor. Los nichos ocupados tenían un águila grabada en bajo relieve con las alas abiertas como si volara hacia el sol y sobre ella la enigmática inscripción en náhuatl.

–¿Qué es lo que dice la inscripción? –preguntó Cintia intrigada.

–“Tecuhtli Francisco Ixtlilxóchitl Atzacoalco, murió guerreando en Huejotzingo” –dijo Luis con voz quebrada por la emoción, bajó la mirada y la levantó nuevamente para encontrarse con la de Cintia frente a él–, es la tumba de mi padre.

Las palabras salieron matizadas con tal sentimiento que Cintia tuvo un escalofrío, contagiada por la vibración. Se sentó de nuevo junto a él y lo miró con esa expresión que hacía a Luis sentir tanta calma y confianza. Luis suspiró por un momento, se pasó una mano por el cabello y sonrió mirándole con ojos cristalinos. Se levantó y se aproximó a otro nicho.

–Este es el de mi hermano adoptivo: “Tecuhtli Sean Miztli Atzacoalco, murió guerreando en Huejotzingo” –dijo Luis acariciando la roca con una sonrisa–, no ha cumplido aún los cuatro años de luto por ello nuestro escudo familiar aún tiene un moño negro. “Murió guerreando en Huejotzingo” significa que murió en suelo hostil combatiendo contra los enemigos de México.

–Si ya me lo habías dicho –dijo ella sonriendo.

Cintia miró las enormes paredes, “¿Se llenarán alguna vez?”, se preguntó. Sin duda no cualquier persona merecía el honor de ser recordado de esa manera.

–Sólo los bravos perdidos en alguna peligrosa misión o los viejos guerreros muertos después de largos años de devoto servicio pueden aspirar a un lugar en este recinto –dijo Luis, como si pudiera leer su mente.

La inscripción en letras doradas de la entrada seguía intrigada a Cintia, “Tengo que aprender náhuatl” pensó.

–¿La inscripción en la entrada, qué es lo que dice? La he visto en otro lado, pero aún no puedo leerla.

Luis sonrió.

–Totenyo, Totahuca Mexicah –dijo con un especial fervor en el tono de su voz.

–Nuestra gloria…

–Nuestra gloria, nuestra fama mexicanos –agregó Luis con religiosidad.

Cintia recordó de inmediato a Ana Laura y su rostro se ensombreció, era lo que la chica le había dicho antes de morir, habían sido sus últimas palabras, Luis le había dicho que más tarde visitarían a su familia, a su padre y sus hermanos. Cintia elevó de nuevo una oración por ese valiente guerrero del Mexicayotl.

–¿Ella tendrá un nicho? –preguntó y Luis adivinó de inmediato a quien se refería.

–Si en el muro de la Casa Tepoztlán, lo consagrarán el viernes por la noche con una ceremonia a la que hemos sido invitados. Pero será un nicho vacío pues su corazón aún sigue allá en Marte.

Cintia suspiró pensativa, esa chica que se había sacrificado por ella se había convertido en un icono a través del cual Cintia buscaba comprender la razón de ser de la Fundación. Luis se aproximó a ella y le miró a los ojos, era una mirada llena de amor y de comprensión. Ella a su vez pudo percibir a través de sus ojos el enorme significado que todo ello tenía para esas personas, lo profundo de su convicción acerca de hacer de México el centro del mundo, en verdad creían que eso era posible. Cintia se sintió casi contagiada de su devoción por lo que llamaban eufemísticamente “la Diadema de Turquesas”, “el Quauhpetlapan” o “El Mexicayotl”, pero también se sintió preocupada, no sabía si verdaderamente podría competir contra todo eso en el corazón de Luis, si habría espacio para ella entre su Familia y su Fundación ¿Cómo podría saber si era suficiente el amor que por ella sentía?

Se tomaron de la mano mientras Cintia miraba fascinada el enorme nopal lleno de tunas coronadas con hermosas florecillas color púrpura. Salieron a la parte posterior del místico edificio y se encaminaron por la plazuela de arcos mudéjares, realmente era una plaza sencilla pero muy hermosa y de un gran significado para la Fundación; el jardín de arbustos bajos y plantas cargadas de flores estaba dividido simétricamente por cuatro caminos de blancas baldosas de caliza que convergían en la base del inmenso mástil que sostenía la gigantesca bandera tricolor. Para la inteligencia de Cintia resultó obvio que había una implicación mística en ese arreglo, era la evocación misma del universo dividido en cuatro rumbos con México en el mismo centro. Cintia levantó la vista y se quedó mirando por un momento la majestuosa bandera, maravillada por su belleza y sus proporciones. El aire la agitaba levemente en olas que la hacían danzar con una gracia singular, produciendo el particular sonido de una inmensa tela agitada. Cintia se sintió hipnotizada por esa visión a tal grado que de pronto experimentó un agradable escalofrío que recorría su cuerpo, un sentimiento de pertenencia casi mágico, era una emoción muy especial que pocas veces en la vida había experimentado, entonces supo por qué Luis la había llevado hasta ahí.

Fragmento de la novela de ciencia ficción “La senda de Marte” las diferentes ediciones están disponibles:

La senda de Marte

Libro físico de tapa blanda

Versión Kindle

Descargable en PDF

Publicado el Deja un comentario

Academia espacial Rover, Durango.

“Yo soy mexicano, para mi México está por encima de todo, cualquier meta personal, cualquier posesión, incluida la vida misma es sacrificable por el bien de México…”

Panoplia Mexicatl[1]. Principio fundamental.

La Academia de Estudios Aeroespaciales era el complejo de adiestramiento más importante de la Flota Espacial Americana. Su misión era preparar jóvenes oficiales en todas las áreas de la ciencia y la tecnología relacionadas con el espacio, para proveer de personal calificado tanto a la misma flota como a la Agencia Colonial Americana. Su ubicación a las afueras de la ciudad de Durango había sido escogida con el fin de aprovechar el nuevo clima húmedo y templado de esa zona, una de las pocas secuelas positivas del cambio climático.

Poco antes de cumplir los veintiún años Luis Álvarez Castillo terminó su adiestramiento regular en Astronáutica con las mejores notas de su generación, el informe declaraba también su conducta como “excelente”, por lo que sin más trámites le fue concedido el grado de Guardiamarina interino cuando aún cursaba su especialización. Era un joven inteligente y capaz, dotado de liderazgo natural poseía un talento nato para la carrera del espacio, sus profesores y oficiales superiores coincidían en que algún día llegaría a ser un brillante capitán de la Flota Espacial Americana.

Ese era Luis el ciudadano de la Federación Americana de Naciones, pero había un Luis Itzcóatl Álvarez Castillo, un joven mexicano nacido en la ciudad de México el dieciséis de septiembre de dos mil setenta y siete, este era el hijo mayor de la Casa Álvarez Atzacoalco, una respetada familia mexicana de reconocido abolengo famosa por su gran compromiso con los valores de la mexicanidad, por la prosperidad lograda por tres generaciones de empresarios que no solo eran buenos en los negocios sino que además mostraban un alto grado de compromiso social. Era pues el heredero de una añeja tradición familiar de entrega al servicio de la patria; Luis, sus hermanas y su primo Josué Itzmin como representantes de la nueva generación Álvarez tenían el privilegio de pertenecer a una de las cuatro “Casas Fundadoras[2]” de la influyente Fundación Mexicayotl. Lo que no era para nada un asunto menor pues sus padres y abuelos se habían ocupado de llevar muy alto el prestigio de su familia, convirtiéndose en el proceso en auténticos héroes mexicanos, reconocidos por haber dedicado sus vidas a servir a México con todos los medios a su alcance.

Siendo joven Francisco Álvarez, el padre de Luis, realizó un viaje a Europa para formalizar un contrato entre una compañía española importadora de legumbres y la compañía agrícola de su padre don Miguel Álvarez y durante el corto viaje conoció brevemente a la hija del nuevo socio, Yolanda Castillo una joven abogada de veintitrés años nacida en México y de padres mexicanos, pero educada en Cádiz donde su padre emigró a causa de sus negocios. Yolanda era una mujer inteligente, amable y dueña de una deslumbrante belleza, Francisco se enamoró de inmediato de ella, en pocos años se casaron y tuvieron tres hijos: Luis Itzcóatl, Angélica Citlali y Mariana Auachtli. Francisco y Yolanda los educaron de una forma por demás cuidadosa, asegurándose que de que pudieran aprovechar al máximo el gran legado cultural acumulado a lo largo de más de tres mil años de civilización mexicana, cuyos valores y tradiciones eran preservados por los ancianos de la Fundación Mexicayotl a la cual estaban todos afiliados.

La Fundación, con sus casi cien años, era una prestigiosa asociación de familias mexicanas comprometidas con la idea de crear las condiciones necesarias para que México reclamara el lugar que históricamente le correspondía como cabeza de la Federación Americana de Naciones, líder entre los países hispano parlantes y potencia hegemónica mundial. Este sueño, largamente acariciado por innumerables generaciones de mexicanos, estaba más cerca que nunca de volverse una realidad, pues combinando su poder económico e influencia política con su nueva fortaleza militar, México poco a poco se revelaba como una superpotencia capaz de desplazar a su antaño dominante vecino anglosajón, convirtiéndose en el país más poderoso no solo del Continente Americano sino del sistema solar. Pero el reto no era nada sencillo y la Fundación lo sabía, de modo que todos los hombres y mujeres que la conformaban tenían que trabajar día a día aportando todo su esfuerzo y todo su talento para lograrlo.

De modo que desde pequeño Luis escuchó que tenía el deber y el privilegio de servir a México, contribuyendo a la creación de un gran Imperio Mexicano, soberano en su continente y en proceso de expansión sobre el resto del planeta, en una palabra, el mítico “Mexicayotl” soñado por los antiguos mexicanos siglos atrás. Por otro lado, Luis creció dentro del promedio de los jóvenes de su tiempo, era un chico enérgico y con fuertes deseos de éxito, culto y preparado, con principios y valores familiares. Aunque ser un joven americano en la súper tecnificada sociedad de los noventa no era sencillo, sobre todo por la constante necesidad de lidiar con los problemas económicos, sociales y ecológicos de un mundo súper globalizado: la sobrepoblación, los desastres climáticos, las pandemias, la pobreza y el hambre generalizadas. Pero Luis contaba con la adecuada combinación de genes y educación para sobrevivir y aún sobresalir en un mundo así. Esa amalgama logró que tanto Luis, como los otros miembros de su Casa fueran personas con ideales elevados, con un alto sentido ético moral y una visón que ya era raro ver, no sólo en México, sino en el mundo.

La Fundación Mexicayotl estaba conformada por personas orgullosas de ser mexicanos e hispanoamericanos, oponiéndose enérgicamente al decadente modelo de sociedad “occidental” y es que estos nuevos mexicanos aspiraban a poder suplantar a los estadounidenses como potencia global y simultáneamente competir de igual a igual con los europeos, los rusos, los japoneses y los chinos.

Don Miguel Ilhuicóatl Álvarez, cofundador de Mexicayotl, y dos hijos, Francisco Ixtlilxóchitl y Pedro Ayahutli habían dedicado su vida y fortuna a servir a la patria mexicana, consolidando en el proceso el prestigio de la Casa Álvarez dentro de la sociedad mexicana que los identificaba no solo como exitosos empresarios, sino también como filántropos, patronos del arte y la cultura mexicanas. Así habían logrado mantener una respetada posición dentro de la jerarquía de la Fundación, Francisco destacándose como brillante emprendedor y Pedro como hábil administrador. Esforzándose ambos en velar por los intereses de la Nación, como una formidable dupla que algunas veces usaba los brillantes talentos financieros de uno y otras las portentosas habilidades guerreras del otro. Como premio a su esfuerzo y valor la Fundación les concedió, prácticamente al mismo tiempo, el título de Tecuhtli o “señor”, que les otorgaba algunos privilegios y cierto grado de riqueza, pero sobre todo el reconocimiento general por su gran labor. Como hermanos, Francisco y Pedro, compartían un estrecho vínculo, el cual sólo la muerte pudo romper. Francisco ganó su lugar en la historia al morir combatiendo cara a cara a los enemigos de la Xiuhitzolli[3], su arrojo y valor al momento de defender a la patria le valieron la gloria eterna y el privilegio de ser recordado como “Compañero del Águila”, “Pilar del Imperio” e “Hijo del Sol” para ser recordado por toda la eternidad entre los valientes mexicanos caídos en combate. Pero la pena de su pérdida conmovió a la Casa Álvarez desde sus cimientos, Pedro jamás se sobrepuso del todo por la pérdida de su hermano y mantuvo el luto por años, además se hizo cargo del cuidado de sus sobrinos hasta que Luis alcanzó la mayoría de edad. Aunque el dolor de la pérdida era grande sus familiares podían estar seguros de que se había ganado el Paraíso, renaciendo todas las mañanas acompañando al dios Sol en su marcha victoriosa sobre la Luna y las Estrellas, para pasar la eternidad convertido en Sagrado Colibrí alimentándose del néctar de las flores. Pero su valor y arrojo no implicaban ningún tipo de privilegio o beneficio extra para sus hijos y familiares pues, contrario al resto de los modelos nobiliarios del mundo, la nobleza mexicana no era hereditaria, uno mismo debía ganársela a pulso, cosechando triunfos en los negocios, en la cultura, la ciencia, los deportes o (mejor aún) en el campo de batalla. Por ello Luis y sus hermanas sólo podían llamarse a sí mismos pipiltin o en castellano hidalgos, es decir “hijos de algo” o de “alguien [importante]” pero si querían ser reconocidos y recordados como su padre o abuelo tenían que ganarse sus propios títulos en base a su talento y esfuerzo personal.

Otra cosa que hacía peculiar a la Casa Álvarez era su compasión, como lo demostraba el caso del joven Miztli Atzacoalco, cuyo nombre de pila era Sean O’Connor. Aunque mexicano de nacimiento, Sean, era hijo de una familia irlandesa emigrada a México a causa del cambio climático. Siendo un niño pequeño Sean fue acogido en la Casa Álvarez (y en la Fundación) gracias a la estrecha amistad de Francisco Álvarez, el padre de Luis, con Patrick O’Connor, el abuelo de Sean. El pequeño había quedado huérfano de padre y madre, así que su abuelo, viudo y sin medios para sostenerlo, lo dejó al cuidado de Francisco, que lo crío como a otro de sus hijos. Sean era leal y agradecido y al poco tiempo demostró que Francisco no se había equivocado al adoptarlo, destacando en el colegio particular de la Fundación llamado Calmécac[4]. Tenía además un gran corazón, era amable y alegre, y se convirtió en un auténtico hermano para Luis y sus hermanas y en otro hijo para Yolanda. Gracias a la intervención de los Álvarez la Fundación lo educó puliendo sus habilidades hasta convertirlo en un espléndido mexicano, culto y educado, valiente y decidido. Posteriormente ingresó a la Academia de Estudios Espaciales y se graduó con honores como el mejor de su clase, era un excelente piloto y pronto se ganó un puesto como instructor de vuelo y táctica aérea. A sus veintinueve años, logró fama y gloria rescatando a media docena de empresarios mexicanos de unos forajidos en Asia Central, convirtiéndose así en el cuarto tecuhtli en la historia de la Casa Álvarez. Comprometido y esforzado por México era todo un ejemplo de lo que debería ser un buen mexicano, sin importar el origen de sus genes.

Por su lado la Fundación se ocupó de que los chicos Álvarez recibieran la mejor preparación posible para de su tiempo. Más como en todas las familias cada cual era dueño de su destino, así mientras Luis y sus hermanos habían escogido caminos el camino del servicio público, su primo Josué había sido elegido desde la más temprana infancia para seguir el camino del Yoalli Ehécatl[5] convirtiéndose en un tequani[6], y es que en su caso había demostrado habilidades natas para el combate convirtiéndose en un candidato ideal para entrar al servicio de Inteligencia. Con la autorización de los padres los niños como Josué recibían una educación privilegiada y un entrenamiento especial hasta convertirlos en los más refinados guerreros, destinados a vivir en constante lucha contra los enemigos de México, dispuestos siempre a sacrificarse por su nación. Era una vida espartana, pero tenía sus recompensas, como el honor y la gloria de servir a los más altos intereses, una situación económica más que desahogada, un temprano retiro rodeado de comodidades y del reconocimiento general y la promesa de la gloria eterna después de la muerte.

Pero la Fundación buscaba talento en todos los segmentos de la sociedad, aún en los numerosos orfanatos de donde rescataba a chicos huérfanos que mostraran habilidades sobresalientes (era un buen sistema pues estos chicos, sin futuro en una sociedad terriblemente deshumanizada y empobrecida por la globalización, se beneficiaban de encontrar seguridad y cariño entre gente buena y decente que les ofrecían la posibilidad de una vida con sentido). Los sabios ancianos que dirigían la Fundación sabían que no todos los agentes secretos tenían el perfil de combatientes así que formaban también quimichtin[7], llamados así porque “se disfrazaban y andaban con argucias de ratón viviendo entre los enemigos”, estos eran normalmente chicos y chicas especializados en labores de espionaje y contra inteligencia, entrenados en todo tipo de habilidades de supervivencia y con capacidad de dominar diferentes idiomas sin acento que los delatara. En ambos casos el máximo deseo de estas personas era dedicar su vida y facultades a servir al Mexicayotl, la Xiuhitzolli, o la “Diadema de Turquesas”, términos eufemísticos para la misma idea, una palabra tan sagrada para ellos, que sólo debía pronunciarse con el mayor de los respetos: México.

Así las cosas, ambos hermanos, Luis y Sean, compartieron durante algún tiempo su estancia en la Academia. Pero al ser un poco mayor, Sean tenía el deber de acompañar a Luis durante su primera prueba de carácter frente a uno de los más destacados maestros de la Fundación, por eso esa mañana se presentó en los hangares de la Academia donde Luis y otros compañeros realizaban diferentes prácticas con los equipos de pruebas.

–¡Guardiamarina Álvarez! –gritó Sean desde la puerta del hangar.

–En seguida voy –respondió Luis desde el interior del mismo.

Salió corriendo del taller con las manos llenas de fluido neurotransmisor del sistema gravitométrico de una sonda salvavidas, vestía un overol color gris y una gorra con el emblema de la Flota Espacial de México.

Sean lo esperó a un lado de la puerta, llevaba un abrigo reglamentario color azul marino, gorra y guantes de piel para protegerse del intenso frío. Luego de saludarse marcialmente, como correspondía dentro de las instalaciones de la Academia, ambos hermanos iniciaron un dialogo más coloquial:

–¿Qué onda güey? –dijo Sean, en español– ¿Cómo vas?

–Bien –repuso Luis no muy convencido– con algunas broncas con el motor de esta cosa, nada serio.

–Que bien, escucha hermano recibí un mensaje del señor Tízoc, quiere evaluar tu progreso personalmente en Tenochtitlan.

Luis se sintió inmediatamente nervioso debido a la importancia de semejante entrevista. Conocía muy bien al anciano maestro, que por cierto había sido amigo de la juventud de su abuelo y que por lo mismo sentía una particular afinidad por la Casa Álvarez, lo que era bueno y malo al mismo tiempo pues significaba que todos los chicos de la familia estaban bajo constante observación de parte del anciano tecuhtli que ocupaba uno de los más altos cargos dentro de la Fundación. Luis se sentía particularmente agobiado por esa “marca personalizada”; desde su niñez había sido preparado para un día llegar a ser la cabeza de su familia y aunque era un chico talentoso las expectativas a su alrededor era sumamente elevadas, las sombras enormes de su padre, tío y abuelo constantemente lo hacían preguntarse si llegado el momento podría equiparárseles.

–El avión sale a las seis y media, te espero en el hangar de la base hermano –dijo Sean.

–Me siento nervioso güey –dijo Luis que no podía ocultarle nada a su hermano adoptivo.

–Pues no voy a mentirte, esta entrevista personal con el señor Tízoc será una experiencia formidable, terrible y educativa al mismo tiempo y que te marcará de por vida. Pero sobrevivirás, nosotros los Álvarez no somos gente timorata ¿Cierto?

Luis sonrió, Sean siempre tenía la frase adecuada.

–Tízoctzin, “el despiadado” –dijo Luis, llamando al viejo por su apodo común entre el alumnado del Calmécac.

–Jajá, no es tan malo, mejor llámalo colli[8] –repuso Sean– recuerda que es un hombre que siente un particular cariño por nuestra familia y que fue un amigo personal del abuelo, piensa en ello cada vez que hables con él.

Sean trataba de hacer que Luis se sintiera menos nervioso. Y era un hecho conocido que el Señor Tízoc y su familia eran desde siempre amigos de los Álvarez Atzacoalco.

–Pues sí, pero temo que me traicionen los nervios. Temo no ser tan bueno como él espera que sea –“Como todos esperan que sea” pensó Luis–. Y sé que nos estima, pero siempre está hablando de mi abuelo, de lo mucho que lo estimaba, de sus aventuras de jóvenes y eso me pone nervioso, me hace pensar que sus expectativas sobre mí son demasiado elevadas.

–Pero todo eso debes tomarlo como auténticas muestras de afecto, además Moctezuma Atizapán, aprobó la prueba hace meses –espetó Sean tratando de tentar a Luis.

Moctezuma era el “igual-opuesto” de Luis, “su reflejo en el espejo” y Luis era el de Moctezuma. Se trataba de un chico de su misma edad, con el que había competido desde niños por todo, con triunfos y derrotas repartidos en ambos bandos. Moctezuma Atizapán era uno de esos niños huérfanos adoptados por la Fundación y educados en el Telpochcalli[9] para ser tecuanime. Poco se sabía de sus orígenes, excepto que había quedado huérfano desde muy pequeño hasta que la Fundación lo adoptó, de manera que la única familia que conoció fueron los otros chicos del Telpochcalli y su único padre fue el señor Javier Ilhuicamina, el Mexicatl Teohuatzin[10]. Pero a pesar de su infancia tan difícil era un caso sumamente especial, un tequani nato, inteligente y astuto, discreto y letal, como una fiera. Un aspirante a la gloria que sin duda llevaría hasta el extremo su dedicación por México. Desde luego la rivalidad que surgió entre los chicos no fue pasada por alto por los atentos ojos de la Fundación que la usaba como acicate para pulir las habilidades de uno y de otro. Moctezuma estaba por terminar la parte final de su adiestramiento como tecuani, lo que implicaba que pronto se le asignaría a misiones especiales como parte del equipo de un tecuhtli de renombre. Así que Luis debía progresar rápido si quería seguirlo de cerca.

Por la noche, a la hora acordada, Luis y Sean se reunieron en el aeropuerto de Durango, abordaron el avión hipersónico rumbo a la Ciudad de México y quince minutos después aterrizaron en el aeropuerto internacional. Tomaron un taxi y después de un rato llegaron a la Coatepantli[11]. El gran pórtico de roble del acceso principal a las instalaciones de la Fundación en la Ciudad de México tenía el típico estilo robusto y magnífico de las casas señoriales de los años de la colonia española. Una inscripción de grandes letras latinas de oro, colocada sobre el primoroso arco barroco de la entrada, rezaba: TOTENYO TOTAHUCA MEXICAH[12], Luis leyó la inscripción y un escalofrío recorrió su espina dorsal.

Caminar por el pasillo de blancas paredes adornadas con los blasones de cada una de las numerosas Casas que formaban parte de la Fundación era impresionante, no sólo por sus tremendas dimensiones sino por la belleza y exquisitez de su decorado formado por murales, tapices y ornamentos, en una perfecta mezcla de motivos indígenas y novohispanos. Por un par de segundos los dos jóvenes se detuvieron a mirar el escudo de su Casa, una especie de gran parasol de plumas amarillas con adornos de plumas verdes y un remate de cabeza de jaguar el cual era sostenido por un personaje en armadura de algodón roja y con las insignias de Tlacatécatl[13].

Luis se sentía nervioso por la entrevista, pero contento de estar de nuevo ahí en esos pasillos que le recordaban su infancia. Durante dieciséis años había corrido y jugado por aquel inmenso complejo, como todos los otros niños para los cuales muy pocas secciones estaban restringidas; ahí había adquirido el sentido de mexicanidad, memorizado los fines y metas de la Fundación, había competido en actividades deportivas y estudiado para exámenes. Jugado feliz con sus hermanos y amigos, llorado las muertes de su abuelo y padre y asimilado el principio de que cada mexicano es un solado, un yaotl[14] al servicio de la Corona[15] de Tenochtitlan.

El objetivo final de la Fundación, se le había dicho hasta el cansancio, era hacer de México el país más poderoso de la Tierra por medio del trabajo y de la entrega de cada uno de sus hijos. De modo que desde niño Luis asimiló la idea de que trabajaban para construir una gran nación libre e independiente, esforzándose por forjar un mundo en el cual México-Tenochtitlan sería la cabeza de un gran estado en expansión. Para lograr este sueño la Fundación movía sus fichas dentro de un complejo plan de alcance mundial, tan ambicioso y a tan gran escala que muy pocas personas conocían todos sus detalles. Se le enseñó, también, que aunque no había ser humano viviente con la suficiente nobleza y sabiduría para ocupar el Quauhpetlapan[16], muchos hombres y mujeres valiosos había en México que bien podían ir preparando el camino para la venida del Cem-Anáhuac Tlatoani[17]. Y aunque la monarquía era en realidad una visión utópica, se la entendía como la personificación de la Nación, cuyo corazón palpitante era la Ciudad de México como el centro cultural e histórico de la nación: la polis y la Sion mexicana, todo en una sola.

Por todo aquello la principal preocupación de la Fundación era la educación de cada uno de sus miembros, todo niño debía recibir la mejor educación contemporánea, así como un adecuado entrenamiento acorde a sus habilidades. Para eso se había creado la Panoplia Mexicatl una amalgama de disciplinas marciales, ética y antiguos conocimientos de los sabios aztecas y mayas, aforismos, cantos y fórmulas de control psicosomático; a través de ella el mexicano conocía el camino de la rectitud, el honor y la generosidad, adquiría tal dominio de su cuerpo que era capaz de mitigar el dolor físico, anular el miedo, el hambre y el frío, lo mismo que convertir sus manos y piernas en armas mortales; Incluía también el lenguaje corporal, que por medio de una combinación de movimientos aparentemente casuales de las manos y gestos naturales podía crear una auténtica conversación secreta. Enseñaba el manejo del cuchillo técpatl, la terrible arma oficial de la Fundación: una hoja senoidal formada por una estructura de beta quitina[18] producida por células vivas alojadas en su interior que además de un extremo filo excretaban un poderoso veneno para emponzoñar las heridas, era una arma terrible que sólo se mantenía “viva” en contacto con el cuerpo de su dueño, con quien formaba una relación simbiótica. Era indetectable a cualquier tipo de equipo electrónico y ni siquiera era necesario disimularlo, pues en reposo la hoja permanecía escondida dentro de la empuñadura que semejaba un curioso amuleto. En el plano ideológico el principio fundamental de la Panoplia era claro y preciso: para un mexicano, México está por encima de todo, aunque su destino le llevara a desempeñarse en las más variadas áreas del quehacer humano, no podía olvidar que era por México, y lo que representaba, que debía esforzarse y triunfar.

La dirigencia de la organización recaía en cuatro Señores, que formaban el Consejo Imperial: el Tlacatécatl, el “Señor de los Guerreros” o líder militar; el Tlacochcalcatl “El Señor de la Casa de los Dardos” a cargo de la infraestructura y la administración; el Mexicatl Teohuatzin, “El venerable Mexicano encargado de los Dioses”, ideólogo y responsable de la oficina social y el Cihuacóatl “Mujer serpiente[19]” el presidente del Consejo, regente en representación del Emperador. En síntesis, la Fundación era un grupo de hombres y mujeres decididos a instaurar un estado de bienestar, una fuerza creadora que trasformaba poco a poco a la sociedad mexicana desde adentro. La Fundación contaba también con los servicios de una “Corporación de Comerciantes” o Pochtecah[20] que eran empresarios y dueños de grandes compañías transnacionales y que actuaban al mismo tiempo como espías que como hombres de negocios, generando prosperidad para el pueblo mexicano, al mismo tiempo que reunían todo tipo de información útil para la Fundación, aunque no estaban exentos de combatir cuando era necesario.

Por fin el par de hermanos llegó hasta la recepción de la oficina del señor Tízoc.

–El “templo del dolor” –dijo Luis nervioso.

Sean sonrió al notar la angustia de su hermano.

–Órale güey –le dijo–, el lobo espera víctima.

Luis entró vacilante siguiendo a su hermano por el vestíbulo. Desde el interior se escuchaba una música agradable, el piso tenía azulejos marrones con complicados motivos que recordaban a las antiguas pinturas rupestres, llenas de simbolismos de ocultos significados con caballos, cuervos, coyotes, águilas, venados, jaguares y diversos seres antropomorfos que se mezclaban de forma a la vez terrible y estética. Los hermanos cruzaron el vestíbulo y llegaron hasta la puerta de los aposentos privados del anciano maestro, deteniéndose instintivamente frente a la puerta. El Señor Tízoc estaba sentado de espaldas a la puerta en posición de meditación sobre un petate ricamente decorado, pero al sentir su presencia salió lentamente del trance de concentración total en que se encontraba. Se decía que poseía el don de la presciencia, que era capaz de embrujar con el sólo poder de su voz, que a pesar de tener más de ochenta años poseía la fuerza de diez hombres y que su exaltado estado espiritual le permitía transformase fácilmente en su nahual[21] el cuetlachtli o sea el oso negro.

Al verlo así, corpulento y fornido, sereno y regio, tensando los músculos de su cuello y espalda como un animal de presa, Luis pensó que era posible creer todo lo que se decía de él y más. Aunque lo único cierto más allá de las muchas suposiciones alrededor de su persona era que a pesar de su cargo llevaba una vida sencilla y modesta, su único hijo había muerto junto a su esposa en un accidente automovilístico cuarenta años atrás y jamás había vuelto a casarse, era un hombre inteligente y audaz que había decidido dedicar su vida a defender a su patria de la única forma que conocía: empuñando las armas.

–Noble señor –dijo Sean, Luis notó el tono casi religioso en la voz de su hermano.

–Joven Miztli –dijo el maestro, su voz era suave y controlada, con un fluido acento náhuatl– me alegra que estés aquí muchacho.

–Lamentamos mucho interrumpir tu meditación noble señor, pero hemos venido desde lejos para verte, dicho sea con respeto, los ritos deben cumplirse –agregó Sean.

–Claro, claro, por eso es que están aquí tú y tu hermano el joven Itzcóatl –dijo Tízoc con un tono que hizo temblar a Luis, era, imaginó éste, justo el tono que usaría un león, si pudiera hablar, para referirse a las cebras.

El señor Tízoc, se volvió lentamente y Luis pudo ver su rostro curtido y ajado de anciano, que sin embargo parecía estar fuera de lugar en ese cuerpo tan fuerte y robusto como el de un joven guerrero. Luis tuvo repentinamente una terrible sensación de soledad y desamparo. Ese viejo hombre-oso era capaz de cualquier cosa, su sabiduría y su habilidad como guerrero eran proverbiales, como las de su “igual-adversario” el señor Axayácatl el Tlacochcalcatl. Por otro lado, era también un rostro entrañable, sumamente querido por la Casa Álvarez, el rostro de un amigo de la infancia del difunto don Miguel.

–Que tu sol resplandezca –dijeron en coro Luis y Sean, según la fórmula tradicional y se acercaron después de hacer una respetuosa reverencia.

–Que su sol resplandezca también jóvenes mexicah –tronó el anciano con una voz de profeta que llegaba hasta lo más profundo de la conciencia.

Luis miró a su alrededor, todo era orden y belleza, valiosos objetos distribuidos por la habitación, con un gusto y un tacto digno de las mejores colecciones de arte: tapices, cerámica, muebles, libros y una colección de armas antiguas que envidiarían hasta los más ricos museos europeos.

–Miztli –dijo el anciano con amabilidad– en la cocina de abajo hay unos tamales en hoja de plátano como no has probado en tu vida, ¿podrías ir a buscar algunos y permitirnos charlar a solas al joven Itzcóatl y a mí por unos minutos?

–Por supuesto que si, colli –dijo Sean y desapareció, no sin antes lanzar una solidaria mirada a Luis que de inmediato la interpreto como un: “Ni hablar, suerte…”

Por un breve momento el silencio reinó en la habitación, silencio que no hacía sino poner aún más nervioso a Luis.

–Siéntate joven Atzacoalco –ordenó despreocupadamente el viejo tecuhtli con su peculiar voz.

Luis obedeció sin pensar, su cuerpo se movió aún antes de que la parte consciente de su cerebro procesara las palabras, como si ésa voz obligará a la más absoluta obediencia, sin lugar para cuestionamiento alguno. De inmediato el joven Luis se percató de que no olvidaría jamás esa entrevista.

[1] Conjunto de creencias, verdades filosóficas, supersticiones y habilidades físicas desarrolladas por la Fundación para proporcionar sustento moral y entrenamiento físico a los guerreros. Incluye el lenguaje corporal, el neurocontrol y el toda la gama de habilidades marciales y técnicas de control emocional.

[2] Las cuatro familias se unieron para crear la Fundación a principios del siglo XXI. Cada una tomó como Apellido el nombre de uno de los cuatro Calpulli en que se repartía la ciudad de México en relación al templo Mayor: La Atzacoalco, del señor Don Miguel cuyo estandarte era un gran parasol de plumas amarillo oro. La Cuepopan del señor Tízoc, su estandarte estaba formado por tres banderas blancas, unidas y con penachos de Quetzal. La Teopan del señor Axayácatl, su bandera era de bandas blancas y rojas con dos adornos de quetzal. Y la Moyotlán del señor Iztacóyotl cuya bandera estaba compuesta por bandas horizontales de colores, sobre las cuales iba un recuadro con nueve círculos blancos dentro y otros más en los bordes. Posteriormente, con los años y al crecer la organización se les fueron uniendo muchas otras a todo lo largo del país cada una con un apellido tomado del topónimo de su región de origen y un estandarte característico.

[3] Diadema de Turquesas, sinónimo poético del Estado Mexicano.

[4] Colegio particular para los hijos de los miembros de la Fundación (primaria, secundaria, bachillerato y universidad).

[5] Oscuridad y Viento, Agencia de Inteligencia y brazo paramilitar de la Fundación.

[6] Bestia Salvaje (plural tequinime) agentes secretos llamados así por su furor en la defensa de la patria.

[7] Ratones, singular quimich ratón.

[8] Abuelo.

[9] Casa Hogar y escuela para los niños huerfanos recogidos por la Fundación.

[10] El venerable mexicano encargado de los dioses, el jefe de la oficina de desarrollo social de la Fundación.

[11] “Muralla de serpiente” los muros exteriores de las instalaciones de la Fundación.

[12] Nuestra Gloria, Nuestra Fama Mexicanos.

[13] “Señor de los guerreros” comandante en jefe del ejército mexica.

[14] Guerrero

[15] Existen dos acepciones distintas del termino Corona usadas en tiempos de la Fundación. La forma simple de la palabra Corona “Copilli” se refiere siempre a la Fundación. Mientras que la Corona de Tenochtitlan es la Xiuhitzolli “La Diadema de Turquesas”, la Corona Imperial, uno de los muchos eufemismos usados por la Fundación para referirse a la Nación Mexicana.

[16] El Estrado del Águila, es decir el Trono de Tenochtitlan.

[17] El señor de toda la Tierra, es decir el emperador.

[18] Compuesto orgánico usado por los crustáceos y los insectos para formar sus esqueletos, usado como base para la elaboración de todo tipo de materiales super resistentes.

[19] “Mujer serpiente”, título Máximo de nobleza en tiempos de la Fundación ostentado por el Huehue Iztacóyotl Acamapichtli

[20] “Espías” Comerciantes de la Fundación que a través de una vasta red secreta proporcionan información, apoyo y recursos a la Fundación.

[21] Según las tradiciones mexicanas, cada persona, al momento de nacer tiene el espíritu de un animal que se encarga de protegerlo y guiarlo. Estos espíritus, llamados nahuales, usualmente se manifiestan sólo como una imagen que nos aconseja en sueños, o con cierta afinidad al animal que nos tomó como protegidos. Una mujer cuyo nahual fuera un cenzontle, tendrá una voz privilegiada para el canto. Adicionalmente se cree que personas con el sufriente grado de desarrollo espiritual, como grandes reyes o brujos, pueden realmente transformarse en su nahual, no siempre con buenas intenciones.

Fragmento de La Senda de Marte, novela de ciencia ficción de estilo mexicanista.

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

México Tenochtitlán, calpulli de Zoquipan

Twitter: @oswaldoaguilar