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LLANURA DE TEMALCATITLÁN, CONDADO DE OTUMBA

Canal de los toltecas
“El guerrero busca siempre hacer lo correcto, no lo conveniente, ni lo sencillo ni lo cómodo. El guerrero es valeroso e inteligente y sabe que viviendo en rectitud es como se llega al estado de toltequidad”.
De <<El camino del guerrero>>, varios autores, libro de texto del Colegio Imperial de México, 1588.

Huitzilihuitl respiraba con rapidez su cuerpo estaba bañado en sudor y los músculos de las piernas le punzaban. Sin embargo su mente estaba totalmente enfocada en mantener el ritmo de la marcha pues el príncipe Matlatzincatzin había dado órdenes de no parar hasta cortar la retirada de los bárbaros caxtiltecas antes de que alcanzaran territorio de la República.

Con aquella contaban ya tres jornadas de marcha sin interrupción y aun así el ejército mexicano se encontraba todavía a una considerable distancia de la llanura de Temalcatitlán en el condado de Otumba donde se pretendía emboscar al enemigo.

Detrás de él escuchaba las agitadas respiraciones de los treinta y cinco reclutas del Telpochcalli del barrio de Zoquiapan que habían sido puestos bajo su mando. Todos eran hijos de familias conocidas y hasta un par de antiguos amigos de la infancia a los que conocía por nombre. Siendo plebeyos vestían de manera muy sencilla: un simple maxtlatl y una tilma de fibra de maguey. Su armamento era igual de básico: una rodela de madera, una macana con filos de obsidiana y un cuchillo de pedernal. Huitzilihuitl como oficial al mando vestía una ichcahuipilli de algodón y sandalias de piel de venado. Sujeta a la espalda portaba una banderola amarilla con borlas azules que correspondían al número de su unidad. Su equipamiento consistía en una rodela de madera decorada con plumas de guacamayo rojo, un átlatl con sus dardos y la espada de metal que le había quitado al joven soldado bárbaro en la Batalla del Canal de los Toltecas.

A su alrededor marchaban las demás unidades comandadas por otros condiscípulos del Calmécac, cinco en total, todas a su vez bajo el mando del profesor Tepehuatzin que marchaba al frente llevando en su espalda una banderola blanca con la insignia de la escuela bordada en rojo.

Hacia el ocaso el príncipe dio finalmente la orden de acampar entre los arbustos y rocas de la llanura de Temalcatitlán y prepararse para pasar la noche. Se prohibió encender hogueras y se repartió una cena frugal compuesta por tortillas duras y saladas, chiles secos, pepitas de calabaza y agua simple.

Tras dormir en una zanja Huitzilihuitl se levantó para contemplar el cielo plomizo mientras consumía el desayuno ligero que se distribuyó.

El ejército mexicano estaba posicionado con todas las unidades desplegadas en perfecto orden y en formación aguardando al enemigo que, según los exploradores, se aproximaba totalmente inconsciente de su presencia.

Poco antes del cenit la lluvia comenzó a azotar la llanura con inusitada violencia. Huitzilihuitl se mantuvo firme en su posición pero debido al golpeteo del agua instintivamente agachó un poco la cabeza y entrecerró los ojos.

–Levanten la cara caballeros –dijo la firme voz del profesor Tepehuatzin que se paseaba entre las filas de reclutas y oficiales–. Somos soldados del ejército mexicano, nosotros no bajamos la mirada ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante la lluvia.

Instantáneamente Huitzilihuitl se envaró, levantando el rostro y entrecerrando los ojos soportó estoicamente el golpeteo de las frías gotas en la cara con la actitud más marcial posible.

Tras algunos minutos la columna enemiga finalmente apareció en el horizonte. De inmediato el príncipe dio la orden de romper el silencio y los teponaztles comenzaron a sonar estruendosamente acompañados por los largos llamados de los caracoles. Mientras los Águilas y Jaguares comenzaban a golpear sus escudos con la parte plana de sus macuahuitl.

Con un creciente sentimiento de excitación y nerviosismo Huitzilihuitl percibió el crecer de un rumor entre las filas que al poco tiempo se transformó en un grito unánime: “¡México! ¡México! ¡México! ¡México!” De inmediato los vellos de sus brazos y espalda se erizaron mientras su pecho se henchía de orgullo y sus ojos se crispaban con emoción al tiempo que su voz se sumaba a la del resto:

–¡México, México, México, México!

Con el rostro empapado y el corazón palpitando como si fuera un tambor Huitzilihuitl pudo ver como la desconcertada columna enemiga desaceleraba su marcha. Evidentemente sorprendidos al encontrar al ejército mexicano cortándole el paso, los vio maniobrar hasta adoptar una formación cerrada  con sus largas picas al frente.

El rector Tepehuatzin fue a reunirse con el estado mayor y cuando volvió hizo saber a los jóvenes oficiales que las órdenes eran situarse en el ala izquierda de la formación mexicana para enfrentarse con los totonacas. El honor de batirse con los caxtiltecas y tlaxcaltecas estaba reservado para los Águilas y Jaguares.

Cuando las unidades estuvieron listas y en formación el profesor Tepehuatzin comenzó a recitar con su poderosa voz :

–Donde resuenan los cascabeles…

Al instante Huitzilihuitl y sus compañeros añadieron en coro:

–Vence y conquista el mexicano.

–Y donde se tiende la niebla de los escudos.

–Hacen estruendo de cascabeles los Águilas y Jaguares.

–Clavan la mirada a través de sus escudos de juncias.

–Con morriones de banderolas de plumas de quetzal se agitan los mortíferos mexicanos.

Huitzilihuitl entonó el último verso con genuina emoción y mientras lo hacía sintió como un escalofrío recorría su espalda y seguía por sus brazos hasta lograr que sus manos se humedecieran. Instintivamente apretó la empuñadura de su espada de metal a tal grado que sus nudillos comenzaron a ponerse blancos. A lo lejos podía ver al enemigo aproximarse al ritmo de sus tambores. Cuando casi podían distinguirse los rostros de los totonacas el comando mexicano dio la orden de utilizar las armas arrojadizas por medio de un toque de caracol. Al instante el cielo se cubrió con un sin número de dardos y jabalinas disparados por la infantería mexicana los cuales ocasionaron muchas bajas en el enemigo.

A los pocos instantes, mucho antes de lo que Huitzilihuitl esperaba, la línea frontal enemiga chocó contra la mexicana y entonces todo se volvió caos, confusión y muerte. Los totonacas no eran muy disciplinados, pero estaban desesperados y eran valientes de modo que cargaron con gran ímpetu y coraje. Atendiendo la instrucción de su rector Huitzilihuitl dio la orden de iniciar el combate a su unidad de jóvenes reclutas. Los muchachos habían recibido entrenamiento básico en el Telpochcalli pero carecían de experiencia, de modo que en el momento de la verdad muchos de ellos dudaron y algunos retrocedieron. Huitzilihuitl llegó instintivamente a la conclusión de que los chicos a su mando solo lo seguirían si daba el ejemplo. De modo que sin siquiera darse tiempo para tener miedo se lanzó al frente.

Su primer contrincante fue un oficial totonaca que lo rebasaba en edad y experiencia pero no en estatura ni en complexión. Gracias a la agilidad de sus pocos años Huitzilihuitl esquivó el primer golpe del enemigo que iba dirigido a su cabeza. Luego ágilmente contraatacó con su espada de metal logrando golpear con todas sus fuerzas la rodela de su contrincante. El golpe fue tan contundente que la rodela se astilló y se rajó por la mitad. Huitzilihuitl sintió como su fuerza parecía multiplicarse a través de la hoja de metal de una forma que nunca había sentido con la macuahuitl. A causa del impacto el totonaca cayó de espaldas mirando al joven mexicano como si no fuera capaz de creer que poseyera una de aquellas poderosas armas metálicas de los caxtiltecas. El miedo, la excitación y el instinto de supervivencia inspiraron a Huitzilihuitl que, levantando de nuevo la espada golpeó de lleno al totonaca en la cabeza, al instante escuchó el crujir de huesos mientras la sangre y parte del contenido del cráneo de su enemigo le salpicaban la cara.

Por un momento su visión se tornó roja pero no había tiempo para distracciones, para entonces más totonacas acudían en busca de pelea. Por fortuna el valor desplegado por Huitzilihuitl había logrado despertar la inspiración en los jóvenes de su unidad que entre feroces alaridos y maldiciones se sumaron al combate. Esto brindó un segundo de respiro a Huitzilihuitl que lo aprovechó para limpiarse un poco la mezcla de sangre y sesos con la palma de la mano. Hasta ese momento se dio cuenta que aquella era la primera vez que tomaba la vida de un hombre.

En las clases del Calmécac los maestros de armas instruían a los jóvenes oficiales sobre tácticas y habilidades en supervivencia. Pero ninguno había comentado que matar a un semejante dejara tal sensación de vacío. Más Huitzilihuitl no tenía tiempo que perder así que  lo único que se le ocurrió fue gritar:

–¡Mexicah Tiahui! (Mexicanos adelante)

Haciendo acopio de todas sus fuerzas se dispuso a enfrentar a su segundo contrincante, un totonaca que parecía un muerto viviente. Flaco y con una herida sangrante en el hombro izquierdo parecía estar resignado a morir. Quitarle la vida resultó fácil para Huitzilihuitl, bastó con apuñalarlo en el pecho usando la aguda punta de la espada.

Entonces Huitzilihuitl se percató de que algunos de sus hombres trataban de capturar vivos a los enemigos, y lo único que estaban consiguiendo era debilitar la línea mexicana.

–Olvídense de esas cosas –ordenó Huitzilihuitl  alzando su voz por encima de los gritos– ¡Es a muerte, a muerte!

Al poco el ataque totonaca fue contenido y estaba a punto de fracasar. De modo que Huitzilihuitl pudo darse cuenta de lo que sucedía en el centro de la batalla donde los caxtiltecas y tlaxcaltecas se batían con la infantería mexicana de línea.

A lo lejos podía verse al príncipe Matlatzincatzin combatiendo en un espacio transformado en un remolino de cuerpos, sangre y polvo, al tiempo que los relinchos de las bestias de cuatro patas de los bárbaros, los ladridos de sus perros y los gritos de dolor de los hombres se mezclaban en una horrible canción que solo podía ser del gusto de Mictlantecuhtli.

En ese momento Huitzilihuitl se percató de que varios caxtiltecas que montaban en bestias de cuatro patas se agrupaban y se abrían paso a mandobles hacia la posición del príncipe.

“Conocen demasiado bien nuestras tácticas y tradiciones militares” pensó Huitzilihuitl intuyendo lo que pasaría en caso de que el comandante mexicano fuera abatido. El inminente triunfo mexicano se convertiría al instante en una estrepitosa derrota. Con la amenaza totonaca contenida y sin tener nada que perder el joven tomó una decisión.

–¡Conmigo! –ordenó a los hombres de su unidad.

Inmediatamente comenzó a correr en dirección a donde Matlatzincatzin y su guardia personal se batían contra numerosos enemigos..

En el camino tuvo que enfrentarse con uno de esos gigantescos perros que los caxtiltecas llevaban consigo y que, además de ser increíblemente bravos y sanguinarios, estaban protegidos por armaduras metálicas similares a las de sus amos. Con los ojos ardientes como carbones encendidos la fiera mostró sus enormes los colmillos de los cuales escurrían hilos de sangre humana. Sus ladridos y gruñidos eran tan horriblemente amenazadores que Huitzilihuitl sintió como si sus pies se hubieran clavado al piso.

Tras un estruendoso ladrido el perro se abalanzó contra el grupo de jóvenes soldados y al poco Huitzilihuitl lo vio sujetar entre sus fauces uno de los brazos de un recluta que gritaba presa del dolor y el terror. Actuando por puro instinto Huitzilihuitl arremetió contra el perro y logró acuchillarlo con su espada en los cuartos traseros. Víctima del dolor la bestia soltó a su presa y se revolvió para lamerse la herida. Huitzilihuitl aprovechó la oportunidad para volver a acuchillarlo varias veces hasta que el monstruo se derrumbó en medio de horribles chillidos y bufidos.

Superado tan terrible obstáculo Huitzilihuitl volvió a la carga hasta llegar al punto donde el príncipe se batía ya con los jinetes. Sin medir consecuencias y aprovechándose de un accidente natural del terreno saltó a la grupa de una de las bestias de cuatro patas para colocarse justo a espaldas del jinete. El bárbaro iba protegido por una armadura metálica, pero nuevamente la espada de metal demostró ser una versátil herramienta. Sin mucho esfuerzo Huitzilihuitl encontró una hendidura en la armadura del caxtilteca justo a la altura del cuello y clavó la punta de su espada a través de ella. Gritando de dolor el bárbaro trató de sujetar a su atacante, pero este esfuerzo le hizo soltar las correas con las que controlaba a la bestia. El animal entró en pánico, reparó y resbaló sobre el fango amenazando con perder el equilibrio. En su intento por librarse del mexicano el caxtilteca golpeó con su morrión la cara de Huitzilihuitl. El impacto fue tan fuerte que durante unos segundos la vista del joven se oscureció y el mundo pareció quedarse en silencio. Desesperado Huitzilihuitl se aferró a lo único que podía hacerlo, el cuerpo del caxtilteca que por el cuello sangraba a borbotones salpicando todo a su alrededor.

A los pocos instantes el bárbaro se tambaleó y luego cayó muerto al suelo. De modo que sin saber cómo el joven mexicano se encontró de pronto montado en solitario sobre la bestia que instintivamente se paró sobre sus patas traseras. Huitzilihuitl se aferró con todas sus fuerzas al cuello del animal y para cuando este se puso de nuevo sobre sus cuatro patas Huitzilihuitl ya tenía las riendas en la mano.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho el joven se aferró a las riendas y actuando por instinto logró que la bestia girara hacia la derecha justo a tiempo para enfrentarse a otro jinete bárbaro que gritó algo en su lengua tratando de lancear a Huitzilihuitl desde su montura. La punta de la lanza se clavó en la armadura de algodón del joven absorbiendo buena parte del filo. Huitzilihuitl apenas sintió dolor. Sorprendido antes que asustado, el mexicano se mantuvo sobre la silla de su montura. Las capas de algodón acolchado no solo habían evitado que la punta de la lanza penetrara profundamente en su carne, sino que además la habían atrapado evitando que el bárbaro pudiera retirar su arma. Cuando los caballos de ambos giraron, el caxtilteca quedó desarmado. De modo que aprovechando la oportunidad Huitzilihuitl lo atacó con su espada acertándole en pleno rostro. La hoja de metal se incrustó profundamente en el cráneo del bárbaro a través de una de sus órbitas oculares. Tras unos breves estertores el extranjero se desplomó al piso. Los demás caxtiltecas y tlaxcaltecas que combatían en rededor fueron rápidamente sometidos por los soldados mexicanos de línea apoyados por la unidad de reclutas de Huitzilihuitl.

En ese momento los ojos de Huitzilihuitl se encontraron con los del príncipe Matlatzincatzin que, herido y agotado, le miraba con una mezcla de miedo, admiración y desconcierto.

Ante la imposibilidad de seguir combatiendo los bárbaros parecieron optar por la retirada y comenzaron un repliegue que pronto se convirtió en una desbandada.

De modo que entre las filas tenochcas comenzó a crecer de nuevo aquel grito que henchía de orgullo sus pechos y aceleraba al máximo el fluir de la sangre en sus venas:

¡México, México, México, México!

Montando en la silla del caballo y alzando su espada Huitzilihuitl se sumó al coro:

–¡México, México, México, México!

Fragmento de Los Falsos Dioses, una novela de ficción alternativa donde los mexicanos han rechazado el primer intento de conquista de los españoles.

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

México Tenochtitlán, calpulli de Zoquipan

Twitter: @oswaldoaguilar

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El gran rey Quetzalcóatl…

“El gran rey Quetzalcóatl enseña que debes buscar la realización plena del ser y para eso debes ponerte constantemente a prueba. Alcanzando metas cada vez más altas es como se vive feliz.

De <<El saber de los toltecas>>, por el infante Tlilpotonqui de Moctezuma, 1630.


Fragmento de la novela de ficción histórica: Los Falsos Dioses, por Oswaldo Aguilar Castro