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Itzcóatl de México

Las oscuras aguas del lago emitían brillantes resplandores al reflejar la tenue luz del amanecer. Los remos golpeaban la superficie del agua asustando a las garzas y  los patos que patrullaban las marismas a su paso. La oscuridad reminiscente se retraía lentamente ante el glorioso renacimiento del dios sol.

El hermoso paisaje lacustre se extendía majestuosamente alrededor. El aire olía a humedad y el viento traía los cantos de los sapos y ranas. El joven pasajero de la canoa miraba inquieto alrededor, pegándose a su madre, mientras  los esforzados guerreros mexicas de su padre los conducían a través del omnipresente lago en dirección de la ciudad de Tenochtitlan.

—No debes temer —le había dicho su madre cuando los guerreros habían llegado por ellos al embarcadero de Azcapotzalco.

Pero los mexicanos habían sido una tremenda visión para el joven Itzcóatl. Ya antes había visto a los guerreros tecpanecas desfilar victoriosos por las calles de Azcapotzalco. También había visto a los cautivos huejotzingas capturados en batalla. Pero aquella era la primera vez que se encontraba frente a un mexicatl. Eran altos y fornidos, con cicatrices de las múltiples batallas sobre su piel muy morena. Tenían largos cabellos negros que llevaban adornados con plumas de águila. Vestían simples taparrabos blancos de fibras ásperas, no ostentaban joyas. Iban armados con macuahuitl y cuchillos de pedernal. El mayor de ellos le había tratado con mucho respeto y le había dicho que lo conduciría junto a su padre el barón Acamapichtli.

La idea le había resultado muy extraña, tenía cuatro años y no recordaba haber visto antes a su padre. De modo que realmente no entendía el propósito de viajar con aquellos extraños guerreros de aspecto fiero. Su madre, sin embargo le había hablado de su padre, le había dicho que era un noble, descendiente de reyes y que él mismo sería un día un hombre importante y un guerrero como esos mexicas.

Propulsada por cuatro guerreros la canoa pronto cubrió los tres kilómetros entre la tierra firme y las chinampas de Tenochtitlan. La visión de la ciudad-isla era impresionante aún para un niño pequeño. Sus blancas edificaciones reflejaban la luz del sol naciente. Su templo, aunque pequeño comparado con el de Azcapotzalco, sobresalía de las demás construcciones intentando mostrarse como un símbolo de dignidad. Los cantos de los sacerdotes-guerreros se escuchaban a lo lejos acompañados de tambores y flautas. Itzcóatl soltó su manta y se acercó dominado por la curiosidad hacia la proa de la canoa para mirar mejor. El guerrero junto a él se acercó también y le puso su brazo alrededor.

—Eso es México —le dijo con su náhuatl de acento bárbaro.

Su voz sin embargo estaba llena de calidez y de emoción.

Itzcóatl sonrió.

—Mira eso es México —le dijo a su madre con su vocecita y su cara sonriente.

—Si —dijo su madre con un dejo de resignación—. México

Desde el primer momento de su estancia en el altépetl de Tenochtitlán Itzcóatl se percató de la atmósfera de cruel pragmatismo que regía la vida de los mexicah.

Ahora él mismo era un mexicatl y tenía que regirse por sus reglas y costumbres. A penas llegar le cortaron el cabello y lo llevaron al palacio donde conocería a su padre antes de recluirse por diez años en el Calmecac, donde recibiría toda la educación propia de un noble.

Pero antes el pequeño fue llevado hasta una amplia estancia para que conociera a su hermano.

Las paredes del recinto eran lisas y aplanadas con cal, no había murales ni ningún tipo de decoración. Aunque para Itzcóatl ese edificio de piedra de medianas dimensiones resultaba para enorme y fantástico comparado con la choza de madera del barrio de Huacalco donde había crecido. Al poco tiempo otro niño entró al salón acompañado de una nodriza. Tenía los rasgos de un auténtico príncipe, su piel era clara, no quemada por el sol y vestía un fino taparrabos de algodón.

La nodriza hizo una reverencia y se retiro sin pronunciar una palabra. El chico se acercó a a Itzcóatl y le miró fijamente.

—Dicen que eres mi hermano —espetó.

Itzcóatl se sitió intimidado, aquel niño tenía toda la dignidad y la seguridad de un señor.

—Soy Huitzilihuitl de México —añadió el chico.

—Yo soy Itzcóatl.

la respuesta había sido sincera pues para él su nombre era cosa de una sola palabra.

—Itzcóatl de México —dijo Huitzilihuitl— mi padre me ha dicho que eres hijo suyo a sea mi hermano. Entonces, eres el pilli Itzcóatl de México.

¿Pilli? Pensó Itzcóatl, se sintió intrigado por todo ello, todo era nuevo y sumamente extraño.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó Huitzilihuitl.

Itzcóatl sacó un pequeño tambor de cuero de conejo que llevaba consigo y se lo mostró a su nuevo hermano.

—Me lo dio mi madre —dijo.

—Yo hace mucho que no veo a la mía —dijo Huitzilihuitl con nostalgia—, es decir a la primera, la que me trajo al mundo. Ahora la señora Ilancueitl es a quien llamó madre. Anda tócalo.

Itzcóatl comenzó a tocar su tambor. Los dos niños sonrieron mientras sonaba a la distancia un caracol anunciando el cambio de guardia en el Templo.

Fragmento de mi novela de ficción histórica Itzcóatl de México actualmente en proceso de escritura.

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La noche de la victoria

“El gran rey Quetzalcóatl enseña que debes buscar la realización plena del ser y para eso debes ponerte constantemente a prueba. Alcanzando metas cada vez más altas es como se vive feliz.

De <<El saber de los toltecas>>, por el infante Tlilpotonqui de Moctezuma, 1630.

Tenochtitlán, Reino de México, (29 de junio de 1520)

Para el ocaso Huitzilihuitl y otros dos chicos habían logrado arrastrar todos los sacos de maíz, chile y frijol que encontraron en la casa hasta la orilla del canal más cercan para cargarlos sobre una trajinera. Pero con la noche llegó una terrible tormenta que azotó la capital con inusual violencia. Ráfagas de lluvia y viento golpeaban la tierra mientras que desde el cielo descendían enormes serpientes de luz.

–No es natural que llueva de esta manera –dijo el chico más joven del grupo con gesto de miedo.

–Tendremos que esperar –replicó Huitzilihuitl–. Descansemos un rato, partiremos antes del amanecer.

Estaban agotados y hambrientos, de modo que tras una cena frugal se tumbaron sobre algunos fardos y se quedaron dormidos. Muy avanzada la noche comenzaron a escuchar insistentes llamados de caracoles y repicar de tambores, aun por encima del rumor de la fuerte lluvia y el rugir de los relámpagos.

Los tres chicos salieron a la calle y al poco tiempo encontraron a un grupo de hombres que acudían hacia el centro de la ciudad por la calzada de Iztapalapan.

–¿Qué pasa? –Preguntó Huitzilihuitl a uno de los que corrían por la calzada.

–Son los caxtiltecah –le respondió el hombre alzando la voz–. Trataban de escabullirse al amparo de la lluvia y la oscuridad. Los descubrieron en el Mixcoatechialtitlan, sobre la calzada de Tacuba. Se está llamando a todos los que estén en capacidad de pelear para acudir a combatirlos.

La furia creció de manera instantánea en el interior de Huitzilihuitl, casi al mismo ritmo que el sonido de los caracoles y tambores que llamaban a todos los efectivos disponibles a luchar.

–¡Hay que ir! –dijo Huitzilihuitl.

–Pero el rector Tepehuatzin dijo que volviéramos antes del amanecer con las provisiones –balbuceó uno de los chicos.

Huitzilihuitl consideró la situación por un momento.

–Ustedes lleven las provisiones. Yo iré a la calzada de Tacuba. Nos vemos en la escuela –dijo Huitzilihuitl.

Sin detenerse a mirar la reacción de los chicos se alejó para sumarse a la creciente multitud que acudía en tropel a combatir.

Con todas las fuerzas que sus jóvenes piernas eran capaces Huitzilihuitl corrió por la calzada de Iztapalapan, llegó a las inmediaciones del Templo Mayor y dobló a la izquierda. Cruzó la puerta de Cuauhquiahuac y tomó la calzada de Tacuba. Minutos más tarde, con el corazón a punto de salírsele del pecho llegó hasta el cuarto puente de la calzada, el que cruzaba el Tolteca Acalocan.

En medio de un estruendo de gritos y llamados al combate, los caxtiltecah trataba desesperadamente de cruzar el canal. Pero desde la calzada y desde varias canoas que flotaban en el agua los mexicanos los atacaban con dardos y flechas.

Cuando los caxtiltecas y sus aliados parecían haber tenido éxito en cruzar el puente, Huitzilihuitl escuchó un gran alarido de coraje. En ese momento vio como un soldado mexicano emprendía una veloz carrera y usando una gran viga a manera de pértiga saltó sobre el canal para caer en medio de un grupo de horrorizados guerreros bárbaros. Debido al júbilo que su heroísmo causó entre las filas mexicanas comenzó a escucharse el característico grito de: “México, México, México”.

Desde la otra orilla Huitzilihuitl pudo ver como el osado guerrero se abría paso a mandobles entre las filas enemigas. Sujeto a su espalda llevaba el estandarte del águila sobre el nopal con el símbolo de “agua e incendio” sujeto en el pico como si fuera una serpiente.  Con la ansiedad y el nerviosismo a flor de piel Huitzilihuitl vio como le salía al paso uno de aquellos caxtiltecas que montaban sobre las bestias de cuatro patas. El mexicano era un hombre excepcionalmente alto y fuerte, pero aun así parecía que su suerte estaba decidida. Huitzilihuitl se sintió tentado a volver la vista para no contemplar la muerte de su compatriota cuando el extranjero le atacó con su lanza. Más en contra de toda posibilidad el mexicano esquivó la estocada y luego asestó un formidable golpe con su macuahuitl contra el cuello del animal que el bárbaro montaba. Al instante la bestia se derrumbó entre extraños resoplidos y bufidos de agonía. Huitzilihuitl contempló la escena con la misma incredulidad que todos los que combatían sobre la calzada. Finalmente, y con un solo acto de valor aquel soldado había demostrado de una vez por todas que las bestias de los caxtiltecas no eran monstruos mitológicos y que podían morir como cualquier animal.

Incapaz de contenerse Huitzilihuitl se lanzó a las oscuras y frías aguas procurando no soltar la macuahuitl que había tomado de una canoa con armamento. Nadó casi a ciegas por algunos metros y cuando finalmente emergió del agua se encontró en la otra orilla de la calzada. Usando pies y manos como si se tratara de garras trepó hasta la parte superior. Para entonces la caxtiltecas ya había caído presa del más absoluto desconcierto pues la infantería mexicana los había rodeado y estaba a nada de cortarles la ruta de escape.

Huitzilihuitl tuvo entonces la oportunidad de degustar por primera vez el dulce-amargo sabor de la venganza. Se lanzó contra el primer caxtilteca que tuvo a mano que resultó un joven apenas un poco mayor que él mismo. El chico tenía el terror marcado en su rubicundo rostro, pero aun así trató de defenderse esgrimiendo su rodela de madera. Huitzilihuitl no tenía demasiada experiencia en combate, pero la sustituyó con furia y fuerza. En la penumbra pudo ver que el caxtilteca no podía moverse con mucha agilidad, su rostro congestionado y cubierto de sudor reflejaba no solo un profundo terror sino también un extremo agotamiento. El primer golpe de la macuahuitl de Huitzilihuitl sobre la rodela del extranjero lo hizo caer de espaldas. Debido al impacto las correas de cuero de la tlatecpilotoliztli que el caxtilteca vestía se reventaron. Entonces Huitzilihuitl pudo darse cuenta de que bajo esta llevaba una cantidad ridícula de collares, brazaletes y otros objetos de oro que le impedían moverse con libertad. Ignorando sus gritos de terror y lo que parecían súplicas de piedad Huitzilihuitl se acercó con su arma en la mano listo para rematarlo. Pero justo un segundo antes de recibir el golpe el extranjero se arrojó a la laguna y el agua devoró su cuerpo como si fuera una gran piedra.

Perplejo ante semejante muestra de estupidez Huitzilihuitl tardó un momento en darse cuenta de que no se trataba de un caso aislado. Todos los bárbaros que luchaban sobre la calzada estaban tan sobre cargados de joyas y piedras preciosas que no podían moverse con la agilidad habitual de un soldado. Los que combatían lo hacían con torpeza y duda. Y aquellos infelices que por accidente caían a la laguna se hundían inmediatamente debido al excesivo peso. Solo los tlaxcaltecas y totonacas que los acompañaban luchaban cabalmente haciendo uso de todas sus capacidades.

Finalmente, Huitzilihuitl pudo entender a qué se refería el profesor Tepehuatzin cuando decía que los bárbaros parecían sufrir la “enfermedad del oro y los chalchihuites”. Claramente su codicia era tan grande que literalmente preferían morir antes que perder su botín.

En medio de la oscuridad y el caos, Huitzilihuitl golpeó con el pie la espada de metal que el chico caxtilteca había soltado antes de arrojarse al agua. La levantó del piso y la sujetó por la empuñadura. El arma era mucho más ligera que las macuahuitl de los soldados mexicanos. Su hoja fina y larga parecía tener mucho filo, tenía una aguda punta y su empuñadura ofrecía una mejor protección a la mano de quien la blandía.

“Este es el tipo de conocimiento que más me interesa”, pensó Huitzilihuitl mientras levantaba la espada, “Qué puede ser más importante que aprender a usar las armas del enemigo”.

No muy lejos pudo ver el centro de la columna enemiga donde el general caxtilteca, al que llamaban Malinche, batallaba desde la grupa de su bestia, lanzando tajos a diestra y siniestra con su espada. El arrojo y fortaleza del líder caxtilteca eran innegables, pero sus esfuerzos parecían cada vez más inútiles pues la retaguardia de sus tropas estaba siendo masacrada. La vanguardia parecía haber alcanzado ya tierra firme perdiéndose en la lejanía y abandonando a su suerte a sus compañeros. Con cierto esfuerzo Huitzilihuitl alcanzó a escuchar como el extranjero gritaba cosas en su incomprensible lengua y luego huía a toda velocidad por la calzada llevando a una mujer en la parte posterior de su montura. Su huida del campo de batalla fue celebrada con gritos de júbilo entre las filas mexicanas.

**Este es un fragmento de mi novela de historia alternativa Los Falsos Dioses** disponible en formato Kindle, Tapa Blanda y PDF (descarga inmediata).

Oswaldo Aguilar Castro

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

México Tenochtitlán, calpulli de Zoquipan

Twitter: @oswaldoaguilar

Instagram: @oswaldo.aguilarescritor

Facebook: Oswaldo Aguilar Escritor

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Base terrestre de la flota espacial. Durango, México. (fragmento)

La senda de Marte

“Este Ser en mi es México. Y ve a través de mis ojos, siente a través de mi piel y respira por mi nariz. Y soy yo y son al mismo tiempo todos mis antepasados que viven dentro de mi…”

Extracto de: “El sueño del Guerrero”. Por el Tecuhtli Tlacaélel Acamapichtli

Después de pasar una primera noche casi interminable Luis se levantó apenas con ganas de moverse. Tenía el problema de no poder dormir bien fuera de su propia cama, cualquier otra era o demasiado suave o demasiado dura; eran casi tres años sin pasar más de una semana en su propia casa en Avenida Santa Ana en Coyoacán y aún no se acostumbraba a dormir bien fuera de su habitación.

Para colmo el día anterior resultó un desastre, el vuelo desde España había sido muy movido a causa del mal tiempo en el Atlántico (era época de megahuracanes) y luego el tren desde Veracruz se había retrasado por una enorme tormenta eléctrica que cayó sobre el puerto, de modo que había arribado a la base en Durango pasada la media noche y por lo mismo se había perdido la primer junta de oficiales. A la mañana siguiente, sin haber descansado mucho en realidad, se metió a la ducha y se bañó, después de todo un día de viaje en medio de un clima infernal se encontraba en la base, listo para integrarse con su nueva tripulación.

Salió de su habitación y se encaminó por el pasillo, por órdenes del capitán tenía que vestir ese día el uniforme de media gala. Casi arrastrando los pies llegó hasta el comedor de la Base para desayunar, el lugar era hermoso comparado con la austeridad del resto de los edificios, con una decoración estilo antigua muy de acuerdo con la moda del momento. Como no conocía a nadie Luis se limitó a sentarse en una semidesierta mesa del fondo desde donde podía ver completamente todo el panorama, como aún era temprano el comedor estaba prácticamente vacío.

Hacia el fondo, sobre una tarima alta a modo de templete, estaba una mesa especial; Luis se imaginó que seguramente ahí se sentaría el capitán y los invitados del gobierno. Algunos minutos más tarde el comedor comenzó a llenarse de gente, eran todas caras nuevas y joviales, Luis se sintió como si fuera su primer día de escuela. Los miraba a todos discretamente identificando sus rangos por las insignias en sus uniformes, hasta que de pronto una persona llamó fuertemente su atención, era una linda chica que entró sola revisando con interés su libreta electrónica y con expresión de gran concentración, Luis la recordó inmediatamente, había estado un tiempo en la Academia. Se llamaba Cindi o algo parecido, en la Academia se decía que era una suerte de genio, a Luis le gustaba de entonces pero nunca tuvo oportunidad de acercarse a ella, iba vestida con uniforme de oficial, lo que era extraño pues no recordaba haberla visto tomar ningún adiestramiento superior. Sin percatarse de que Luis no le quietaba los ojos de encima, la chica subió a donde estaba la mesa de honor y ocupó uno de los lugares, se veía tan segura de sí misma que Luis se dedicó a observarla discretamente. Poco después entró el capitán de Castro acompañado por algunos otros oficiales que tomaron asiento en la mesa, entonces Luis se puso de pie y se aproximó.

–Teniente comandante Álvarez reportándose señor –dijo Luis saludando con marcialidad bajo la atenta mirada de los demás oficiales de alto rango.

El capitán sonrió complacido, había sido uno de los mejores perfiles de entre la larga lista de jóvenes oficiales de la Flota que habían presentado solicitud para el puesto.

–Según me dicen tuvo algunos problemas para llegar verdad comandante –dijo el capitán con amabilidad.

–Sí señor, tuve que viajar desde España y el clima estuvo terrible todo el tiempo, le ofrezco una disculpa por si eso ocasionó alguna dificultad –repuso Luis.

–No se preocupe comandante Álvarez –repuso el capitán– lo importante es que ya está aquí, ahora comencemos, dejaremos las presentaciones para después. Sería tan amable de tomar su lugar por favor…

El resto de los oficiales miraron a Luis con interés, todos eran hispanos y muchos de ellos mexicanos, se había reunido a la mejor dotación hispana para una nave construida por mexicanos para una flota mayoritariamente hispana. Era todo un símbolo de la superioridad hispana en el espacio y sobre todo del liderazgo mexicano entre las naciones hispanas de la Federación.

–¡Atención! –dijo un oficial, acercándose al área de captación acústica de la mesa, su grave voz resonó por la sala– Tripulación les invito a tomar asiento, estamos por comenzar, gracias.

El capitán se inclinó un poco desde su asiento y murmuró algo al oficial que había hablado que respondió asintiendo con la cabeza. Luis se sentía un tanto nervioso rodeando de aquellas personas. Había leído los currículos de casi todos los oficiales y eran sencillamente lo mejor de lo mejor, la crema y nata de la flota espacial. Empezando por el capitán que era el mejor comandante de la flota en activo, toda una leyenda, Luis estaba seguro de que aprendería mucho bajo su mando. El capitán Juan de Castro, era un hombre de cuarenta y cinco años, de cabello y barba plateados, alto y fornido, mexicano, hijo de inmigrantes catalanes. El capitán se puso de pie y dijo:

–Ya que estamos todos y antes de proceder a tomar este suculento desayuno que nuestros anfitriones de la Base Rover han preparado para nosotros, quisiera decir algunas palabras. Para los cadetes una cordial la bienvenida, a partir de hoy comienza su vida como parte activa de la flota espacial a bordo nada menos que de la fragata de línea ARM Constelación la mejor nave de la flota recuerden eso y valórenlo. Para el resto de la tripulación y oficiales presentes, ustedes son la aristocracia de la flota, escogidos de entre cientos de postulantes para ocupar un lugar en esta tripulación, sean dignos de ese honor. Ahora, permítanme decirles a todos que servir en este buque implica una gran enorme responsabilidad, nada más estamos hablando de la nave de guerra más poderosa jamás construida por potencia, bloque o nación alguna en la historia de la humanidad. Por lo tanto se espera de ustedes su mejor esfuerzo y su máxima disponibilidad, la Federación Americana ha alcanzado la cúspide de su poderío, es la mayor potencia que la humanidad haya conocido. Personalmente debo decirles que para mí es todo un honor que se me haya designado como el líder de este formidable equipo, pero nuestro compromiso es grande pues se nos ha encargado el manejo del arma estratégica más poderosa desde la invención de los submarinos nucleares –el capitán hizo una pausa para dar énfasis a sus palabras–. Tal vez deseen que ya me calle para poder desayunar –el auditorio se llenó de risas, el capitán era un sujeto carismático que inspiraba una natural confianza– pero antes es necesario presentarles al cuerpo de oficiales que los dirigirán en esta importante empresa. En primer lugar nuestro segundo al mando, el primer oficial teniente de navío Thomas Gutiérrez.

Thomas o Tom, como lo llamaban sus amigos de la Flota, era un angelino de piel morena, y uno de los pocos “hispanos” nacidos más allá del Río Bravo escogidos para la misión, de aspecto formal, irradiaba mucha seguridad en sí mismo. Se puso de pie y asintió con una gran sonrisa mientras el resto del auditorio aplaudía. Inmediatamente tomó asiento y el capitán continuó.

–A continuación, el teniente de fragata, tercero al mando teniente comandante Luis Álvarez.

Luis apenas se puso de pie y medio agradeció un poco apenado, no le agradaban mucho esos desplantes.

–Nuestra jefa de ingenieros y oficial científico –continuó el capitán– la teniente de fragata Cintia García.

Luis volvió sorprendido la mirada hacia la chica que había estado observando desde el comienzo, ella se levantó de su asiento junto al primer oficial y agradeció a la tripulación, no podía creer que fuera comandante y mucho menos la jefa de Ingeniería. El capitán siguió presentando a los oficiales; el navegante Miguel Negrete, el jefe de seguridad Axel León…

 La dotación total de la nave era cincuenta y seis astronautas, treinta y dos de ellos efectivos de la Infantería Mecanizada del Espacio, personal de Ingeniería, de artillería, los oficiales de puente de grado inmediato inferior al primer oficial, el cuerpo de médicos, intendencia, mantenimiento, los cocineros y los hombres de seguridad interna.

 Por último, el capitán se presentó a sí mismo: Juan de Castro, mexicano-catalán, con toda una vida dedicada al servicio en el espacio. El desayuno concluyó con un discurso de un representante del Almirantazgo que habló de la importancia estratégica de las naves de guerra para garantizar el comercio colonial, luego el capitán les pidió a los miembros de la tripulación a que se dirigieran hasta los hangares para ver de cerca por primera vez su nueva nave. El capitán fue el último en bajar del estrado y encaminarse hacia la explanada.

En el pasillo Tom esperó hasta que Luis se le acercó.

–Encantado comandante –dijo Luis, con su natural aplomo.

–Igualmente teniente –dijo Tom en español con su acento californiano–, pero por favor no me hables con tanta marcialidad. Mira quiero que nos entendamos muy bien ya que realmente tú y yo seremos quienes dirigiremos la tan sonada nave nueva, así que trátame con menos formalidad y llámame Tom ¿De acuerdo Luis?

–Claro Tom –dijo Luis sonriendo.

Tom era un joven sobresaliente que había ascendido rápido gracias a su impecable desempeño, su eficiencia y disciplina. Había egresado de la Academia tres años antes que Luis y gracias a su excelente hoja de servicio estaba ahí como segundo al mando de la nueva nave.

–Verás Luis quiero formar un buen equipo de trabajo, vamos a manejar el mejor traste del vecindario así que debemos conocernos bien. Ella es la comandante Cintia García oficial científico, ingeniero en jefe y como tal vez habrás escuchado diseñadora de los sistemas de la nave –dijo Tom volviendo la vista hacia Cintia, le había sujetado el brazo al pasar para evitar que se fuera–. Comandante García, el comandante Luis Álvarez –dijo Tom formalizando la presentación.

–Tanto gusto comandante Álvarez –dijo Cintia y extendió su mano con una sonrisa que casi dejó mudo a Luis.

–El gusto es mío –dijo Luis con su mejor voz–. He escuchado mucho de esta nave comandante García.

Ella volvió a sonreír con tanta dulzura que hizo a Luis sentir un extraño escalofrío.

–Espero que no lo defraude, estoy muy orgullosa de ese traste, como le dice Tom –repuso Cintia.

Luis estaba encantado, gentilmente estrechó la mano de Cintia haciendo una reverencia con la cabeza. Era de tacto suave y agradable. Resultaba casi increíble que una chica tan bonita y joven fuera el ingeniero en jefe, claro que en la escuela se decía que era como un Newton o un Einstein del nuevo milenio, pero el rostro de Cintia no parecía congruente con su reputación de genio. Una vez formalizadas las presentaciones Tom los invitó a ambos a salir hacia los hangares.

La mañana estaba ya avanzada pero el sol de verano apenas se colaba un poco bajo las densas nubes cargadas de lluvia, un húmedo viento acompasaba el movimiento de los eucaliptos que rodeaban el inmenso complejo formado por los enormes hangares de la base. La enorme puerta de uno de ellos, se abrió lentamente con un rechinido de mecanismos acompañando su accionar, entonces lo vieron: el hermoso casco del Constelación. Estaba rodeado por un numeroso equipo de técnicos de la flota que aún trabajaban en algunos ajustes finales, el capitán se adelantó e hizo la presentación oficial:

–Señoritas, señores el ARM Constelación.

Luis se quedó maravillado con el estilizado casco de la nave, era el más hermoso que sus ojos habían visto hasta entonces. Estaba pintado en color negro con unas pequeñas líneas azules en sus cortas alas sobre las que podían distinguirse las banderas de cada uno de los países de la Federación. Un poco desorientado por el asombro inicial continuó caminando para no perderse la explicación de Cintia que se hizo cargo desde ese momento de la conducción de la tripulación y del resto de los invitados.

–Bien si me permiten su atención –dijo sumamente segura de sí misma–, trataré de explicar algunas de las características más generales de nuestra nueva nave, seguramente han escuchado todo tipo de rumores sobre ella, pero déjenme decirles que no son siquiera cercanos a la realidad –Cintia sonaba orgullosa–. Posteriormente obtendrán un manual súper detallado que usaremos durante los próximos tres meses de capacitación, pero por ahora trataré de darles un panorama general. Como pueden ver, en el diseño del casco se emplearon los modelos más vanguardistas de navegación espacial, así le hemos dado esta forma que alguien sugirió semeja a un tiburón, yo prefiero pensar que parece un delfín, pero es cuestión de enfoques; por dentro está dividida en tres cubiertas y aunque no es muy espaciosa tiene capacidad para ciento veinte personas distribuidas a la manera clásica de las naves de la Federación: los oficiales en proa y la tripulación en popa.

El capitán y el resto de la tripulación estaban maravillados, medio ponían atención a la explicación mientras tocaban con suavidad el casco de la nave. La mayoría la habían visto antes pero sólo en hologramas, nunca tan de cerca.

–El casco es excepcionalmente fuerte y liviano –continuó Cintia– y está construido con los mejores materiales compuestos, fue manufacturado en su totalidad en gravedad cero en la Siderúrgica Hermes en Marte, tiene sesenta pulgadas de espesor y en realidad consta de cuatro cascos sobrepuestos; mide exactamente ciento cincuenta y siete metros de largo y está protegido contra la radiación electromagnética hasta de magnitud doce. Pero eso es sólo el principio, está diseñado para poder cambiar de color según se desee para evitar sobrecalentarse en el espacio exterior o para mimetizarse en cualquier ambiente, esto lo logramos introduciendo un casco interior hecho de una sustancia orgánica similar a la melanina la cual, gracias a una serie de combinaciones proteínicas, puede producir casi cualquier combinación de colores y diseños imaginables. Ahora Stephani –dijo por último Cintia, dirigiéndose a su segundo que se encontraba dentro de la nave. A la orden de Cintia la ingeniera ajustó el control de aspecto y el casco comenzó a cambiar de color ante las incrédulas miradas de la tripulación

Al principio el casco se tornó en un mosaico de intrincados patrones de diferentes tonalidades de verde como los diseños de una anaconda, después fue pasando a tonos de amarillo y finalmente casi desapareció tornándose de un tono plateado tan bruñido que la hacía parecer de cristal, hecho que fue coreado por las múltiples expresiones de asombro de los presentes. “Es simplemente fantástico” pensó Luis.

–La planta motriz –prosiguió Cintia, complacida por la reacción de “su público”– está constituida por dos reactores Otto de fusión fría, el principal es capaz de proporcionar una potencia eléctrica de hasta treinta huds[1] y el secundario de trece huds; juntos mantendrán la nave funcionando ininterrumpidamente durante los próximos quince años. De la propulsión se encargan seis endorreactores Paúl capaces de alcanzar una velocidad lineal de hasta cero punto uno de “c”. El sistema de gravedad artificial fue diseñado y construido según el modelo Urbina, que es mucho más eficiente y seguro que el Williams, por lo que los tripulantes no sentirán ninguno de los molestos efectos de la gravedad cero. Los sistemas de defensa y ataque son lo mejor existente en la actualidad, constan de dos piezas de artillería, plasma tipo sicander de alta potencia y tres pares de cañones convencionales corvus de ciento veintisiete milímetros. Con una cadencia de tiro de seis mil proyectiles por minuto. También está dotada con mísiles aire-aire tipo Hara de largo alcance y detección simultanea de blanco y con mísiles Eliat aire-Tierra de diez gigatones, tres sistemas antimisil y lo más avanzado en logística de guerra. Cuenta también con dos sondas exploradoras externas, autónomas, diseñadas para proporcionar datos e información sin poner en peligro a la nave en combate, y que también pueden detectar y abatir blancos más allá de la mira pues están armadas, cada una cuenta con un cañón Lilit de treinta milímetros. Nos hemos esmerado con mucho detalle en su ensamblado, así que el equipo cariñosamente las ha llamado Jenny y Paty.

Para complementar la explicación las dos sondas de tres metros de largo cada una y muy parecidas a un “rastreador-cazador”, salieron de sus escondites localizados en escotillas a ambos lados del casco de la nave y comenzaron a moverse entre la gente. Una de ellas, marcada Paty en un costado, se acercó a Luis y pareció mirarle con curiosidad. Era un artefacto oval de aspecto metálico y que emitía un leve zumbido eléctrico mientras su campo antigravitacional la mantenía suspendida en el aire, estaba dotada con todo tipo de cámaras y sensores al frente que le daban un aspecto cómico, pero debajo de su “ojo” se hallaba un cañón capaz de eliminar cualquier cosa viva que se le pusiera al frente.

Cintia esperó un momento para que la fascinada tripulación pudiera seguirle con la vista hasta la rampa de proa y continuó:

–Todo lo anterior está controlado como ustedes bien saben, por “Andrea”, una computadora de última generación diseñada y armada completamente aquí, en México –Cintia esbozó una pequeña sonrisa de orgullo–. Andrea representa el mayor logro en inteligencia artificial conseguido hasta ahora. Posee una capacidad de procesamiento superior a cualquier otro equipo existente en el mundo. Como todas las computadores de la actualidad tiene la capacidad de responder a órdenes verbales, sin embargo hemos dado un paso adelante induciendo en ella una auténtica personalidad, la de alguien que estuvo vivo y consiente –Cintia hizo una breve pausa con nostalgia–, una querida amiga mía de la Universidad la Doctora Andrea Espinosa quien falleció hace un par de meses a causa de una enfermedad incurable. Andrea colaboró con gusto en el proyecto mientras le fue posible, quizás buscando permanecer de alguna forma en este mundo, de modo que clonamos su personalidad en Andrea y eso la hace mucho más “humana” que cualquier otra computadora construida jamás. Es casi un ser independiente y consciente, pero ustedes mismo juzguen el éxito del proyecto. Hola Andrea.

La imagen holográfica de una chica de tamaño real apareció en el pasillo de acceso a la nave junto a Cintia, maravillando a la tripulación. Era prácticamente la imagen de una persona real, su cabello corto y rizado, su figura esbelta y bello rostro acompañados de una mirada amable, vestía el uniforme de la flota.

–Hola Cintia –dijo la imagen con gentileza, sonriendo con tanta naturalidad que algunos miembros de la tripulación llegaron a pensar que se traba de algún tipo de espectro–¿Cómo estas el día de hoy?

–Muy bien gracias, ¿y tú? –repuso Cintia sonriente.

–De maravilla.

–Dime Andrea ¿Quién crees es oficial más guapo de los presentes?

La máquina “pensó” un segundo antes de emitir su respuesta, “mirando” literalmente a los miembros masculinos de la tripulación a la cara.

–Me parece que el comandante León –repuso la máquina entre las risas divertidas y sorprendidas de la tripulación.

–Gracias –dijo Cintia sonriendo–. Ahora, debo decirles que se ha cargado en su memoria toda la información disponible de cada uno de ustedes pero la observación que acaba de hacer es totalmente personal, es una “opinión” generada en base a procesos aleatorios internos, es casi lo que podríamos llamar “libre albedrío” –Cintia dejó que sus palabras surtieran efecto en la tripulación–. Gracias a ello Andrea dispone de una considerable libertad de acción y de pensamiento, que aun así puede ser hasta cierto punto condicionada en base a los requerimientos del caso. Está configurada para obedecer órdenes en prioridad descendente, es decir en factor del rango de la persona que las emite, así una persona de bajo rango puede pedirle encender la luz de un camarote, o abrir la puerta de un área común, pero sólo el capitán puede ordenarle iniciar una secuencia de ataque sobre N blancos, o la destrucción de un país entero. La “interface” holográfica estará casi exclusivamente destinada al puente de mando y a la sala de ingeniería, de manera que no se preocupen porque aparezca de improviso en sus camarotes o en otras partes de la nave.

–Pues si me permitieran un traje de realidad virtual no tendría inconveniente en llevarla de paseo a mi camarote –susurró Tom en el oído de Luis– ¿Sabes a que me refiero, cierto?

Luis sólo sonrió.

–Por último –continuó Cintia– gracias a Andrea, disponemos de tres modos para operar la nave: manual, asistido y automático. Casi siempre usaremos el modo asistido que es digamos el intermedio, donde la tripulación toma las decisiones y ella ejecuta las acciones. El modo manual es sólo un requerimiento oficial que confío no tendremos la necesidad de usar nunca. Pero el modo automático es tan confiable que Andrea podría aterrizar la nave en el mismo centro de la ciudad de México sin que nadie lo notara. Bueno eso es sólo un breve resumen, posteriormente, como ya dije, les entregaremos a cada uno un manual con mucha más información que deberán dominar al final de los diferentes módulos que componen la capacitación. Gracias Andrea ¿Alguien tiene alguna duda?

La imagen permaneció sonriente junto a Cintia dispuesta a ayudarle con las dudas sobre el funcionamiento general de la nave. La conferencia continuó por cerca de una hora más hasta que no hubo más dudas que responder ni comentarios por parte de los miembros de la tripulación. Cintia parecía tener completamente dominada la situación, sabía bien de lo que hablaba, no en balde había dirigido la mayoría de los programas de desarrollo internos, exceptuando claro los de armamento.

Durante tres meses más la tripulación comenzó a integrarse por secciones, a conocerse y a familiarizarse con la nave, realizando vuelos de prueba al principio sólo transcontinentales, luego en órbita geoestacionaria y finalmente a la Luna. Tom y Luis repasaban los procedimientos de navegación, de ataque y de defensa llevando la nave a sus límites en todo tipo de escenarios desde sumergiéndola en el océano antártico, hasta haciendo un viaje relámpago a máxima velocidad en trayectoria perpendicular al perihelio de la Tierra, para que Cintia hiciera mediciones sobre la dilatación del tiempo.

En el puente las cosas funcionaban de maravilla, el capitán era un sujeto exigente y perfeccionista, pero siempre amble y con un extraordinario carácter, un apasionado de su trabajo que siempre trasmitía confianza y seguridad, un ejemplo de tenacidad que trabajaba catorce horas diarias. Luis y Tom se esforzaban por seguir su ejemplo y se concentraban al máximo en dominar la operación, repasando los procedimientos en sus horas de descanso. Cintia no se quedaba atrás, esforzándose para que los sistemas de la nave funcionaran a la perfección y para que el capitán tuviera el mejor apoyo técnico en todo momento.

Se realizaron muchos más vuelos de practica con el mínimo indispensable de tripulación para probar los sistemas generales de la nave, pero el lanzamiento oficial tuvo que esperar hasta que el Congreso Federal organizara un evento a la altura a pesar de los reclamos de la flota para que la nave se presentara en la órbita marciana lo antes posible. Finalmente el conflicto de intereses entre la flota y el Congreso ocasionó que la nave despegara bajo un clima de precipitación en la peor época posible del año, justo cuando Marte estaba más lejos de la tierra.

El quince de Noviembre de dos mil noventa y ocho, hubo una cena formal en las instalaciones de la base, grandes personalidades políticas y militares acudieron para la última noche en Tierra del Constelación y su tripulación. La fiesta fue todo un evento y la música duró hasta la una am, cuando las últimas personalidades se retiraron y la base volvió a la normalidad. Durante el baile se permitió a los oficiales vestir ropas civiles, Luis estaba encantado con el hermoso atuendo de Cintia, un sencillo vestido negro que no estaba para nada de acuerdo con la extravagante moda de la época, pero Cintia con su natural elegancia hacía que se viera estupendo. Luis la invitó a bailar un par de veces y después conversaron por horas con Tom y los demás oficiales sobre la gran empresa que emprenderían a partir del día siguiente. La noche calló lentamente sobre Durango y cada quien se retiró a su habitación. A los pocos minutos la Base estaba completamente en silencio.

A las siete de la mañana del día siguiente la actividad comenzó, todo el personal se dirigió a sus respectivos puestos a cumplir con sus deberes. Luis se presentó a la última junta de oficiales donde se transmitirían las instrucciones finales. Mientras Cintia y su equipo afinaban los detalles para que todo saliera perfecto en el vuelo inaugural. A las diez de la mañana los invitados a la ceremonia empezaron a llegar, hacia las once ya había un grupo impresionante de personajes del ámbito federal: el almirante de la flota y secretario de la Armada de México, el vicealmirante de la flota exterior, el director de la Agencia Colonial, gran parte de los representantes políticos del continente, invitados de la comunidad europea y centenares de civiles entre familiares, prensa y las cadenas de televisión más importantes del mundo. El hacer del despegue un espectáculo de transmisión internacional tenía un significado especial para los países miembros de la Federación, por un lado tenía un claro mensaje dirigido al exterior: “De ninguna manera renunciaremos a nuestro Imperio colonial, ni a nuestro monopolio comercial”, mientras que por otro, para el ámbito interno, era un símbolo del orgullo hispano, una muestra de su capacidad creativa y de la resolución de su carácter.

Después los conmovedores discursos por parte del almirante de la flota y del presidente del partido mexicano en el Congreso, por fin llegó el momento por todos esperado. El capitán recibió el simbólico bastón de mando de las manos del presidente del gobierno argentino, en representación del Congreso Federal y entre sones navales y la aclamación general subió a la nave, escoltado por Tom y Luis.

Al entrar al puente, todos los oficiales estaban ya listos para el despegue, el momento era muy emocionante y el capitán lo resaltó con su natural carisma; se acercó a su sillón, localizado en medio del puente y algo más elevado que los dos que le flanqueaban. Se sentó y observó por un par de segundos el bastón de mando, era una chuchería de forma cilíndrica hecha de marfil artificial rematado por una esfera de oro que tenía en bajo relieve el emblema de la Federación: el mapa del continente en un fondo verde, rojo y azul; de inmediato comenzó a dar instrucciones para despegar. Los sistemas de comunicación interiores mantenían a media humanidad al tanto de cada detalle.

–Señorita García –dijo el capitán y su voz llegó hasta Ingeniería a través del sistema de comunicación interno.

–Si señor –respondió un holograma de Cintia desde el panel de control.

–Active el sistema de propulsión, a un décimo de “A” con empuje vertical.

–A la orden, señor –respondió Cintia desde su puesto de Ingeniería.

Con un ademán el capitán ordenó a Luis y a Tom que tomaran sus respectivos lugares. En Ingeniería el equipo de Cintia aumentó el régimen del reactor, de inmediato los sordos sonidos de las bombas de refrigeración se hicieron patentes, mientras la energía fluía desde el reactor hacia el sistema de propulsión.

–Señor Negrete –dijo el capitán– vamos arriba lo más lentamente posible, mostrémosle al mundo de lo que es capaz esta nave.

–A la orden, señor –respondió el piloto.

El casco de la nave vibró mientras sus poderosos endoreactores lo elevaban lentamente por el aire. El sonido amortiguado de la propulsión nuclear no era más alto que el de un leve ronroneo, al tiempo que la vibración inicial se hacía cada vez más débil mientras la nave ganaba altura. Afuera la multitud enloqueció al momento que la nave comenzaba a elevarse seguida por decenas de cadenas de televisión. Era un momento de orgullo, un fantástico despliegue del gran poder Americano.

–Señor Gutiérrez –dijo el capitán al final del procedimiento de despegue.

–Señor –respondió Tom.

–Pónganos órbita geoestacionaria.

–Sí señor.

[1] Unidad de energía Eléctrica obtenida de la Fusión completa de un kilogramo de deuterio tritio al 50%. Equivalente a 17.59 Me V por ciclo.


Este es un fragmento de la novela La Senda de Marte, escrita por Oswaldo Aguilar Castro.

Oswaldo Aguilar Castro

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

México Tenochtitlán, calpulli de Zoquipan

Twitter: @oswaldoaguilar

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La corrupción ¿Una consecuencia del racismo?

El racismo y la corrupcion

A menudo se dice que el mexicano es corrupto por naturaleza. Incluso algún prominente político dijo que “era parte del sistema”, que resultaba indispensable para que la sociedad mexicana funcionara.

La cuestión de si es o no parte de la cultura mexicana excede las capacidades del autor de este texto. Por ello no vamos a discutir ese tema.

Lo que si voy a hacer es hablar sobre los antecedentes históricos de la corrupción y como es que llegaron hasta del México moderno a través de un proceso de siglos.

Los más simplistas llevan el asunto hasta la época de la Colonia, argumentando que la corrupción era desconocida en el México prehispánico. Este argumento no solo es falso, sino que incluso tiene tintes racistas. El mito del buen salvaje ha formado parte del imaginario colectivo de los europeos desde la época clásica. Ya desde los tiempos de Aristóteles se miraba a los bárbaros (todo aquel que no fuera griego) con un dejo de condescendencia, considerándolos como inferiores en todos los sentidos.

Al inicio de la invasión española del Anáhuac este perjuicio estaba muy extendido. En gran medida gracias a la educación cristiana que veía en los indígenas un eco de Adán y Eva en el paraíso antes de ser corrompidos por el conocimiento. Por ello muchos de los conquistadores y misioneros consideraban a los indígenas como “menores de edad funcionales”, criaturas semi humanas, seres condenados al servilismo por ser apenas superiores al resto de los animales. De modo que esta visión de que todo lo relacionado con las civilizaciones originarias es por natura “puro y bueno”, lejos de ser una inofensiva idealización es perpetuar un prejuicio racista y clasista, un mecanismo de discriminación.

Dicho lo anterior. Sabemos por las obras de investigación de diferentes especialistas que la educación en el México antiguo era un tema muy serio. En las escuelas de barrio (Telpochcalli) y las academias de estudios superiores (calmecac) se tomaba muy en serio el asunto del robo y se educaba a los jóvenes para evitarlo a toda costa.

Por ello la corrupción no solo era conocida, sino incluso tipificada como delito y duramente castigada. Cualquier gobernador de provincia o recaudador de impuestos que fuera encontrado incurriendo en actos de corrupción era castigado con la pena capital.

Ya en la época colonial el sistema español se impuso sobre la estructura social mexicana. Los criollos, los mestizos y los indígenas fueron sistemáticamente discriminados por los españoles peninsulares o gachupines. El origen de esta discriminación está relacionado con la guerra cultural que la Corona española desató en contra de judíos y moros desde la época de la reconquista y que luego fue extendida a los pueblos originarios de México (ver Mito de los Sacrificios Humanos).

Los Estatutos de Limpieza de Sangre que originalmente estaban destinados a erradicar la identidad de las comunidades judías y moras funcionaron tan bien que afectaron incluso a las comunidades indígenas y también a los mestizos y a los criollos.

El sistema español impedía que los no nacidos en la Península ocuparan cargos importantes en la Administración de las colonias. Pero la población criolla en el Virreunato de Nueva España no se quedó con las manos cruzadas ante este sistema discriminatorio. De modo que, como dice el dicho: “Hecha la Ley hecha la Trampa”. Así que surgieron todo tipo de mecanismos para falsear documentos o pagar una cuota para que esa regla no se aplicara. Así que muchos criollos pagaban un soborno, para poder acceder a los puestos públicos o a los cargos elevados del ejército. Esta forma de “inversión” era luego recuperada con creces al momento de ocupar la oficina.

Fue así como surgió la “mordida, el “moche” y la “tradición” que reza: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

¿Es entonces el antiguo sistema discriminatorio español una de las muchas causas de la corrupción sistémica? La pregunta queda en el aire para que el lector saque sus propias conclusiones.

Oswaldo Aguilar Castro

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

México Tenochtitlán, calpulli de Zoquipan

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Valente Quintero

soldados constitucionalistas

Salió el mayor para afuera bastante muy disgustado

Valente tú no eres hombre, eres un, ocasionado…

Rosendo Monzón

En esta ocasión hablaremos brevemente de otro famoso corrido llamado en honor de Valente Quintero.

Hasta donde sabemos Valente nació en Bamopa, Sinaloa, a finales del siglo XIX (circa 1887). Como adulto participó en la revolución maderista de 1910 que ocasionó el exilio de Porfirio Díaz. Su rango militar era subteniente.

Por razones políticas se enemistó con el mayor Martín Elenes Landell a quien finalmente retó a duelo el 19 de marzo de 1921 durante una celebración a la que ambos habían acudido en Babunica, Badiraguato. Trágicamente ambos murieron a consecuencia de las heridas de bala producto de dicho duelo.

Fue la viuda del subteniente Valente, doña Martina Ortiz, quien a sus 84 años dió el testimonio de como sucedieron los hechos a Francisco Gil Leyva. A continuación la reproducción de la entrevista:

—Díganos, señora, ¿cómo fueron los hechos?
Martina contestó sin vacilaciones:
—Fue en Babunica. (Babunica se encuentra un poco arriba
de Bamopa Río, por el camino a Santiago de los Caballeros). Fue un
bailecillo que no tenía chiste. Vino Martín Elenes con su gente. Valentín
estaba trabajando tras unos cerros y bajó al mentado bailecillo. Le dije a
Valentín que no fuera al baile porque allí iban a estar los santiagueños que
no se querían con los de Bamopa, por asuntos de partidos políticos. Elenes
era de un partido, Valente de otro. Pero Valente me dijo:
—Dicen que Elenes me quiere venir a matar a mi casa, así que
voy a Babunica porque si no voy va a creer que le tengo miedo. Y fue.
—¿Cómo fue la tragedia, señora? Martina respondió:
—Estaba Elenes en -Babunica platicando con un hermano mío,
Evaristo Ortiz, que ya murió. Platicaba lejos del bailecillo donde tocaba un acordeonero y un guitarrero. Ya en la madrugada, Valente pegó un gritó:
—¡Me la chupas!— Oye, Valente —dijo Elenes. Mi hermano se
puso en medio:
—Déjalo, déjalo, Valente está borracho— dijo Evaristo Ortiz.
Elenes le replicó con coraje:
—No, vamos a ver a Valente a ver qué quiere. Lo encontraron en
la puerta de una cantina:
—¿Qué quieres, Valente?— le preguntó Martín Elenes. Valente
contestó:
—Que nos demos de balazos, deveras, deveras, mi mayor. Y como
Martín Elenes no estaba borracho le ganó el jalón.

La tragedia luego inspiró un corrido compuesto por Rosendo Monzón cuya versión más famosa es interpretada por Antonio Aguilar.

Oswaldo Aguilar Castro

Totenyo Totauhca Mexicah

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